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DANIEL GUEBEL - Tres obras para desesperar

Libro: Tres obras para desesperar
Autor: Daniel Guebel
EDITORIAL: Teatro ladosur

Medio: http://www.lanacion.com.ar/
autor/a de la nota: Silvia Hopenhayn
Libro: Tres obras para desesperar
Autor: Daniel Guebel
Link: http://www.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=1105097

Para desesperar

No hay literatura sin fracaso. Me refiero al fracaso que conduce a una pregunta y la pregunta que impulsa a escribir. No se trata de una visión pesimista de la creación, sino de todo lo contrario. El exitismo imperante no permite entender el fracaso como una manera de hacer caer viejos hábitos, una forma de romper con lo impuesto, claro que a costa de la incertidumbre.

Pero no es lo mismo un fracaso (que representa la posibilidad de un hallazgo) que ser un fracasado. Los personajes de Daniel Guebel son unos fracasados. Y ese es el hallazgo de su autor.

Ellos van perdiendo, más que objetos, atributos. Se les van las ganas, el pudor, la inocencia, el empeño, la audacia, la bondad. Quedan raquíticos, extenuados, y en esa máxima expresión de lo ínfimo, asoma la luz de lo verdadero, lo irreductible. Una ternura hecha de añicos.

No por nada, uno de sus personajes se llama Fracasi y no por nada la última novela de Guebel se titula Derrumbe .

Los más recientes textos teatrales de este autor, editados por Ladosur con el título de Tres obras para de-sesperar , reflejan esta "odisea de la inercia", como la hubiera llamado Roberto Arlt.

Tomemos la primera, Matrimonio , para no reducir las tres a un mismo espacio, aunque sería legítimo hacerlo, por la desesperación que las aúna.

Sus personajes parecen estar al final de una cadena (no sabemos si evolutiva, involutiva o, simplemente, sanitaria?). Así como Adán y Eva fueron los primeros, este Hombre y esta Mujer de Matrimonio son los últimos, están de última y ultiman cualquier proceso. Con la fiereza de Cocteau, que tan agudamente combinó tragedia con absurdo -pienso en Los enamorados de la Torre Eiffel - Guebel presenta aquí a dos enamorados que hablan de lo que no saben que les pasa. O sea, del amor, la pérdida, la palabra.

El diálogo, en tres actos, va alternando olvidos con reproches, demandas con huidas. Empieza con el Hombre que le propone a la Mujer tener un hijo. De allí surgen los tres personajes de esta historia que, entre el suplicio y el sarcasmo, llegan a preguntarse: "¿Nadie puede hacer nada por otro?".

El problema es que todos piden lo imposible: una palabra que resuelva la falta de nombre. Los personajes no tienen nombres, y eso los vuelve locos. Esta locura los lleva a pedir y quitar demasiado.

Posible definición de la soledad: lo que no se puede sostener. Mezcla de Darwin con Heidegger (sin enunciación filosófica, sino puro arrojo filoso): cómo ser (o sobrevivir) en el tiempo. El Hombre, que no sabía que había tenido un hijo, dice: "Estoy destruido por el peso de lo que no sabía que tuve y perdí". El hijo, que nunca vio a su padre, dice: "Tengo muy presente el recuerdo de no haberlo conocido". Entre fantasmas regidos por la imposibilidad de recordar, de retener, aparece algo vital, cierta belleza de lo cotidiano: "¿No tenés recuerdos de una vida? ¿Nunca dormiste la siesta en el verano? ¿Nunca viajaste en un subterráneo lleno? ¿Nunca sufriste y sangraste? ¿Nunca hiciste el amor con una mujer?" Resumen de sentimientos, en una obra que se mofa de cualquier sensiblería.