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DANIEL GUEBEL - Mis escritores muertos

Libro: Mis escritores muertos
Autor: Daniel Guebel
EDITORIAL: Mansalva

Medio: ADN Cultura, Lanacion.com
autor/a de la nota: Martín Lojo
Libro: Mis escritores muertos
Autor: Daniel Guebel
link: http://www.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=1209323

Crítica de libros / Narrativa argentina

Daniel Guebel

Foto: DIEGO SANDSTEDE


El caso Voynich
Por Daniel Guebel
Eterna cadencia
120 páginas
$ 48
Mis escritores muertos
Por Daniel Guebel
Mansalva
64 páginas
$ 30
A contrapelo de la moda novelística que busca enigmas ocultos en códices y descendencias divinas para develarlos con artilugios más o menos pueriles, Daniel Guebel recurre al misterio para intensificarlo en una máquina de imazinación literaria.

A primera vista, El caso Voynich es un ensayo sobre el manuscrito que el librero Wilfryd Voynich descubrió en 1912, en la biblioteca del colegio jesuita de Mondragone, cerca de Roma. Confeccionado entre los años 1450 y 1520, el documento muestra imágenes de extrañas plantas, constelaciones y mujeres desnudas en estanques de tinta conectados por tuberías, y un texto escrito en una lengua desconocida, de estructura similar a la de las lenguas naturales, pero imposible de descifrar a pesar de los esfuerzos de lingüistas y criptólogos. Guebel indaga el caso en todos sus detalles: la atribución de la autoría del manuscrito a Roger Bacon y a John Dee, el recorrido del texto desde las manos del rey Rodolfo II de Bohemia hasta Mondragone, los afanes de los interpretadores desde su aparición hasta el presente y las hipótesis sobre su significado. El manuscrito puede ser un texto alquímico, un catálogo de semillas africanas, un libro pornográfico codificado para huir de la censura, la clave de una operación de espionaje o una estafa del propio Voynich. Mientras que el relato avanza en una búsqueda paranoica de sentido, los hechos "reales", tomados en su mayoría de Internet, son capturados por la literatura: encontramos el manuscrito arrumbado en una biblioteca sobre los escritos de Hafen Slawkenbergius, un personaje ficcional del Tristram Shandy, de Stern; o notamos que el último poseedor del texto, el agente de Bolsa Hans Kraut, muerto en 1987, discute la veracidad de un texto firmado en 2005.

El sentido del manuscrito Voynich permanece oculto, pero no sus efectos. Kraut deja sus ocupaciones bursátiles y se transforma en un especialista en la cábala mística, lector de Abraham Abulafia y Raimundo Lulio. En un anaquel de la biblioteca de Munich, el manuscrito se separa de los otros libros con una distancia de más de diez centímetros. Una hipótesis mayor irrumpe: quizá el secreto del Voynich no sea su sentido oculto sino su "sentido plano". Un texto que intenta decir lo incomunicable en el lenguaje en que eso se expresa, "como el sueño o el dibujo de los bosques o las líneas de la mano". El Voynich sería entonces poesía de la pura forma, un texto cuyo poder se trama en la tersura de su superficie.

Sobre esta literatura que se aleja de lo ya escrito a partir de su forma trata Mis escritores muertos, libro en el que Guebel recuerda a Jorge Di Paola y Héctor Libertella. Lo que comienza como una crónica de la última visita a Di Paola en un viaje a Tandil resulta una delirante deriva narrativa guiada por la asociación formal. Del relato en primera persona del movimiento infinitesimal que produjo una estrepitosa caída frente a una morocha misteriosa, Guebel pasa a la historia de la caída de la Piedra Movediza de Tandil a un lago artificial, donde se transforma en el huevo del que surgirá el Tandilito, monstruo turístico de la zona; relato en el que resuena la asociación monstruosa entre las prótesis de acrílico que separan los dedos de los pies de la morocha y una escalofriante glosa de "La sirenita", de Andersen. Vanguardistas de la prosa, Di Paola y Libertella utilizaron los géneros literarios, los juegos verbales y las ideas para crear textos en los que la escritura es iluminadora y el sentido permanece inasible o vacío. Guebel continúa ese linaje con una narrativa que avanza de peripecia en peripecia a través del puro enlace formal, indiferente al "sentido profundo", buscando, hasta agotar sus materiales, un movimiento que lo acerque a lo nunca escrito.

Los amantes de los relatos lineales encontrarán resistencia en estos libros, destinados a quienes encuentran placer en la proliferación del sentido y en la felicidad de la literatura de un autor ocupado por los rodeos de un viaje intenso más que por el reposo del destino final: un artista del procedimiento.

© LA NACION

Medio: El Liberal. El liberal.com.ar
autor/a de la nota: Augusto Munaro
Libro: Mis escritores muertos
Autor: Daniel Guebel
REF: http://www.elliberal.com.ar/secciones.php?nombre=home&file=ver&id_noticia=091227872&seccion=Viceversa

Entrevista a Daniel Guebel sobre su novela, Mis escritores muertos

Elegía de dos amigos
El novelista, autor teatral y guionista cinematográfico, Guebel acaba de publicar Mis escritores muertos (Mansalva), una historia que contiene algunos de los elementos más auténticos de su escritura.

Por Augusto Munaro

Daniel Guebel

No estoy hablando de Borges
ni de Kafka, mi libro no me sirve
ni les sirve a mis amigos muertos.

Su primer libro publicado, fue su novela de intenso aliento fabulador Arnulfo o los infortunios de un príncipe (1987), veintidós años más tarde, y 14 libros de por medio, Daniel Guebel ha construido una obra sólida, heterogénea, difícilmente comparable con cualquier otra, lo cual lo hace cómplice de una escritura permeable a las más disímiles técnicas narrativas. Cada libro es una apuesta a temáticas distintas. Así La perla del emperador (lo infinito), Los elementales (la interpretación), Nina (el deseo), Derrumbe (lo autobiográfico), Carrera y Fracassi (la parodia) construyen una suerte de sistema literario personal, donde el lenguaje manifiesta sus diferentes apetencias con absoluta solvencia.

Guebel no se atiene tanto al léxico ni al estilo (Lainez, Bioy y desde luego Borges), su interés reside en las posibilidades narrativas; y sus infinitos desvíos y cruces (Aira, Bizzio, Tabarovsky). Por eso su campo de maniobras es amplio, dado que yace en constante expansión, condensando y licuando cuantas ideas surjan de cualquier sitio, sean de la televisión, internet, o un tratado de divulgación científica. Lo que vale e importa es narrar con una lengua subordinada al asunto que trate; el conflicto de la trama.

Novelista, autor teatral y guionista cinematográfico, Guebel acaba de publicar Mis escritores muertos (Mansalva), una historia que contiene algunos de los elementos más auténticos de su escritura: la mezcla de lo fantástico con lo cotidiano, y desde luego su inimitable verborragia sostenida, tan inusual por estas latitudes rioplatenses amantes del laconismo lapidario. Asimismo, la nouvelle es un homenaje a dos escritores amigos recientemente fallecidos: Héctor Libertella y Jorge “Dipi” Di Paola, teniendo a la ciudad de Tandil como eje de la narración.

-¿Cómo surgió la idea del libro?, ¿su disparador fue un hecho anecdótico, como ocurrió con El día feliz de Charlie Feiling, que escribió junto a Sergio Bizzio vía mail?
-Sí. Incluso le propuse a Bizzio un pequeño modelo, basado precisamente en el viaje a Tandil que se narra en el libro. Sería como una especie de versión de “El acercamiento a Almotásim”, pero a cambio de que el ser que causa el recorrido de los protagonistas fuera una emanación de Dios o Dios mismo, como en el caso del cuento de Borges, nosotros, es decir, el personaje “Bizzio” y el narrador-protagonista, luego de una serie de peripecias bizarras se encontrarían con su amigo Di Paola probándose ante el espejo una especie de sombrero de mujer lleno de frutas estilo Carmen Miranda. Es comprensible que ante semejante propuesta Bizzio no mostrara mucho entusiasmo, ¿no? Así que olvidé el proyecto y un tiempo después me volvió, solo y cambiado y bastante parecido a lo que quedó, excepto que los escritores muertos eran cuatro (incluía a Roger Plá y a Gabriela Liffschitz). El resultado es el tajo en el tiempo de las iluminaciones primeras.
-Su amistad con escritores argentinos como Héctor Libertella y Jorge Di Paola juega un papel importante en este libro. ¿Cuánto de homenaje hay en Mis escritores muertos?
-El libro es mas bien una elegía acerca de dos amigos a los que había dejado de ver tiempo antes de que murieran, un lamento tardío por las oportunidades perdidas y un intento por forzar una relectura de sus obras, pero también desde una posición excéntrica y absurda, la de ellos. Para empezar: ¿dónde publico este libro? Lo hago en Mansalva, una editorial pequeña cuyos libros circulan de mano en mano, casi no se ven en las librerías. A ver si me explico: no estoy haciendo la “gran Sebald” sino la mini-Guebel, decir para que se pierda, para que mi voz no se escuche. Por otra parte, “¿quién me escucharía entre la jerarquía de los ángeles si yo gritara? (…) puesto que lo bello no es más que el primer escalón de lo terrible, que impasiblemente rehúsa destruirnos”. No estoy hablando de Borges ni de Kafka, mi libro no me sirve ni les sirve a mis amigos muertos. Ya que estamos con Borges: una vez, a los dieciocho años, acompañé a un amigo a entrevistarlo para una revista barrial. Borges recibía a todo el mundo, hasta a César Luis Menotti. Yo me mantuve mudo durante toda la entrevista, y cuando llegó el momento de la despedida le dije “adiós”. Borges dijo: “¿Cómo? ¿Había otro?”. En términos personales, sí, todo intenta ser un homenaje, pero sé que no alcanza para pagarles lo que les debo.
-¿Cree que Héctor Libertella se ha convertido para las jóvenes generaciones de escritores, en una suerte de nuevo Macedonio Fernández, en el sentido que sus libros han repensado los límites de la ficción con insólita originalidad?
-Lamentablemente para la obra de Libertella, que se lo merece, por ahora no hay quién pueda tirar aquí y allá las migas de pan suficientes como para que vayan a comer ahí los pajaritos de la nueva literatura. De todos modos, en los vaivenes de este mercado de valores literarios, es muy interesante ver cómo su figura se acomoda a las expectativas e intereses del presente, se va alojando, mucho más que las de otros que ocuparon el centro de la escena.
-Y respecto de Di Paola, ¿qué aspectos rescata y valora de su narrativa?
-Repetiría lo que he escrito acerca de su novela Minga! en Mis escritores muertos. Por otra parte, sigo sin encontrar esa novela en mi biblioteca, así que son impresiones antiguas pero vívidas: En Minga! el azar funciona y el lenguaje no está “supuesto”, en el sentido en que lo suponen los escritores que no saben que escriben con palabras, ese material inmensamente sedoso y flexible, que se hace agua en la boca, sino con “transmisores de información” . Recuerdo mi sensación originaria: una novela fresca, dichosa, inteligente, despejada, tan alejada de lo escolar…
-En un pasaje del libro, Ud. escribe “el pensamiento nunca es lenguaje, lengua y pensamiento discurren en dimensiones distintas”, ¿podría ahondar esa idea?
-No soy “yo”. Es un narrador, que utiliza un pretexto biográfico personal para construir un personaje-fantasma que dice esas cosas. Falsa profundidad filosófica (o verdadera), signo igual: literatura.
-¿Por qué cree que ese narrador se ve en la necesidad de construir un “personaje-fantasma”?
-Cuando empiezo a escribir Mis escritores muertos, doy por hecho que esa voz que narra es la mía, que el que cuenta soy “yo”. Es decir, el autor que terminará firmando el libro. Pero a medida que voy escribiendo, los hechos narrados convierten a esa primera persona en un personaje por derecho propio. No importa que en algunos casos transmita algunas de mis opiniones (o las opuestas): en el relato esa primera persona es una voz que habla, es una identidad sin nombre y sin apellido. Va a un acto a homenajear a Di Paola, pero es la única presencia que no aparece mencionada en el diario local. Por lo tanto, me gusta pensar que en el fondo no existe, que él también es un muerto (sólo que no lo sabe), cuyas percepciones de la realidad están desajustadas.
-¿Cree que en su texto resuenan ciertos ecos aireanos, puntos en común con el autor de Dante y Reina?
-No. Este libro se relaciona más con el episodio de Ragnarelki en La Perla del Emperador (una ballena centenaria que permanece viva por centurias dentro de un iceberg), que con la obra de cualquier otro escritor del orbe. Infelizmente, sigo pareciéndome a mí mismo más que a cualquier otro, aunque los otros entren en mi literatura. Ahora que lo pienso, eso también le ocurre a casi todos los escritores verdaderos que conozco, Aira entre ellos.
-Sus libros han adquirido un sesgo cada vez más reflexivo respecto del ejercicio de la escritura, ¿cree que se ha vuelto más consciente cuando escribe?
-De joven tenía grandes e inútiles preocupaciones teóricas, agravadas por mi incapacidad para el ejercicio memorístico y los estudios académicos. Según las veía entonces, eran panoramas vastísimos, los jardines colgantes del pensamiento de Babilonia, sólo que ahora, todas esas maravillas que quedaban afuera empiezan a entrar, en su dimensión verdadera, microscópica.
-Hay un giro satírico, por momentos cínico en Mis escritores muertos, que se amplía en los pasajes referidos a ese monstruo inventado, el Tandilito. ¿Encuentra en la ironía mayor libertad narrativa?
-No creo ver mucha sátira ni cinismo en este libro; sí, humor y melancolía. La ironía es una peste. Si aparece en mis libros, espero que funcione no como una muestra de presunta superioridad del narrador respecto de lo que narra o de los personajes sobre lo que viven, sino para subrayar el patetismo demencial de ambos. Además, la ironía es un gesto demagógico, en el fondo una solicitud implorante dirigida al lector, el famoso “guiño” que iguala. Pasa una mujer un tanto chata, yo te codeo y te digo: “Escuchá, escuchá lo que le digo”, me acerco a la mujer, como si estuviera a punto de decirle un piropo, y suelto: “¡Flaca, te olvidaste el culo en tu casa!”. Te miro, me mirás, nos reímos. ¡Qué vivos que somos! Dios mío, eso es la ironía, una forma compartida de la violencia.
-¿Cuál es su relación con las vanguardias literarias?
-No sé cuales son, no sé si formo parte o no de ellas.
-No obstante, su escritura parece responder a varios principios vanguardistas. Por ejemplo la libertad en interrelacionar géneros y procedimientos. También el hecho que lo irracional juegue un papel preponderante en su historia. Mis escritores muertos puede ser cualquier cosa menos un texto predecible.
-Puede ser que mi libro no sea predecible, aunque la sorpresa es un mérito menor, si uno ha descubierto los encantos de la relectura. Supongo que las inclusiones o exclusiones vanguardistas les interesan a los miembros diplomados del club, con o sin principios.
-¿Cómo figura lo autobiográfico en Mis escritores muertos?, ¿se trata tal vez, como ocurrió con Derrumbe, de uno de sus textos más personales?
-No encuentro manera de escribir si no es volviendo la escritura un acto…iba a decir personal y de golpe pensé: “impersonal”. En esa alternancia o superposición escribo. Propio y ajeno, mío y de cualquiera. Mi estilo, único y de todos. Reconocible y anónimo. Perdón por la pedantería o su falta, no puedo decidirme. Sí, ambos libros son o parecen autobiográficos, en el sentido de que recogen algunos acontecimientos de mi vida, o mejor dicho, algunos acontecimientos de mi vida se presentan bajo la forma de un relato. Y sí, supongo que escribo textos personales, si eso se opone a “profesionales”.
-¿Qué escritores lee y encuentra estimulantes cuando escribe?
-Todas las mañanazas, antes de sentarse a escribir, Stendhal leía no sé qué código penal de la época, creo que el napoleónico. Imagino que lo hacía para que la aridez y la especificidad de esa lengua punitiva despojaran su estilo de fiorituras inútiles, aunque también podríamos suponer que lo hacía por los motivos opuestos: para que las fiorituras inútiles de esa lengua precisa o tal vez recargada -¡no he leído el código napoleónico!- influyeran en su estilo de prosa desmañada y precisa y aventurera. Yo leo los diarios, en la mañana, pero sólo para atravesar otra banda del sueño. En general, no son los autores de literatura los que me estimulan directamente cuando escribo, sino textos ensayísticos, de divulgación, porquerías de distinta especie, cosas de Internet en las que busco frases, estupideces sueltas, programas de televisión. El efecto de la literatura es menos directo y obvio.
-Mis escritores muertos, como ocurre en gran parte de su obra, surge de lo fantástico. ¿La imaginación es una “máquina narrativa”?
-El centro de la historia es un cuento fantástico, que cuenta el posible acople entre dos seres inexistentes, un fantasma y una serpiente alquímica metamorfoseada en mujer, cuento a su vez cubierto de gruesas capas de falso costumbrismo y precedido y cerrado por una evocación de dos grandes escritores argentinos. La máquina narrativa tiene menos que ver con la imaginación que con procesos asociativos. La imaginación sólo sirve para que la gente vuele y las plantas se vuelvan carnívoras y el lenguaje se invista de barroquismo ñoño y tardío en los libros del realismo mágico que latinoamericanos mendicantes escriben para turistas alemanes que pasean por el mundo envueltos en el poncho caluroso que extrajeron de entre las cenizas de Mercedes Sosa.

Medio: La Opinión Austral. laopinionaustral.com.ar
autor/a de la nota: Augusto Munaro
Libro: Mis escritores muertos
Autor: Daniel Guebel
ref: http://www.laopinionaustral.com.ar/diario.asp?Modo=Noticia&NId=12973&A=2010&M=3&D=21

Entrevista a Daniel Guebel sobre su novela, Mis escritores muertos
Mis escritores Muertos - Daniel Guebel

Su primer libro publicado, fue su novela de intenso aliento fabulador Arnulfo o los infortunios de un príncipe (1987), veintidós años más tarde, y 14 libros de por medio, Daniel Guebel ha construido una obra sólida, heterogénea, difícilmente comparable con cualquier otra, lo cual lo hace cómplice de una escritura permeable a las más disímiles técnicas narrativas. Cada libro es una apuesta a temáticas distintas. Así La perla del emperador (lo infinito), Los elementales (la interpretación), Nina (el deseo), Derrumbe (lo autobiográfico), Carrera y Fracassi (la parodia) construyen una suerte de sistema literario personal, donde el lenguaje manifiesta sus diferentes apetencias con absoluta solvencia.

Guebel no se atiene tanto al léxico ni al estilo (Lainez, Bioy y desde luego Borges), su interés reside en las posibilidades narrativas; y sus infinitos desvíos y cruces (Aira, Bizzio, Tabarovsky). Por eso su campo de maniobras es amplio, dado que yace en constante expansión, condensando y licuando cuantas ideas surjan de cualquier sitio, sean de la televisión, Internet, o un tratado de divulgación científica. Lo que vale e importa es narrar con una lengua subordinada al asunto que trate; el conflicto de la trama.

Novelista, autor teatral y guionista cinematográfico, Guebel acaba de publicar Mis escritores muertos (Mansalva), una historia que contiene algunos de los elementos más auténticos de su escritura: la mezcla de lo fantástico con lo cotidiano, y desde luego su inimitable verborragia sostenida, tan inusual por estas latitudes rioplatenses amantes del laconismo lapidario. Asimismo, la nouvelle es un homenaje a dos escritores amigos recientemente fallecidos: Héctor Libertella y Jorge “Dipi” Di Paola, teniendo a la ciudad de Tandil como eje de la narración.

-¿Cómo surgió la idea del libro?, ¿su disparador fue un hecho anecdótico, como ocurrió con El día feliz de Charlie Feiling, que escribió junto Sergio Bizzio vía mail?
-Sí. Incluso le propuse a Bizzio un pequeño modelo, basado precisamente en el viaje a Tandil que se narra en el libro. Sería como una especie de versión de “El acercamiento a Almotásim”, pero a cambio de que el ser que causa el recorrido de los protagonistas fuera una emanación de Dios o Dios mismo, como en el caso del cuento de Borges, nosotros, es decir, el personaje “Bizzio” y el narrador-protagonista, luego de una serie de peripecias bizarras se encontrarían con su amigo Di Paola probándose ante el espejo una especie de sombrero de mujer lleno de frutas estilo Carmen Miranda. Es comprensible que ante semejante propuesta Bizzio no mostrara mucho entusiasmo, ¿no? Así que olvidé el proyecto y un tiempo después me volvió, solo y cambiado y bastante parecido a lo que quedó, excepto que los escritores muertos eran cuatro (incluía a Roger Plá y a Gabriela Liffschitz). El resultado es el tajo en el tiempo de las iluminaciones primeras.

-Su amistad con escritores argentinos como Héctor Libertella y Jorge Di Paola juega un papel importante en este libro. ¿Cuánto de homenaje hay en Mis escritores muertos?
-El libro es mas bien una elegía acerca de dos amigos a los que había dejado de ver tiempo antes de que murieran, un lamento tardío por las oportunidades perdidas y un intento por forzar una relectura de sus obras, pero también desde una posición excéntrica y absurda, la de ellos. Para empezar: ¿donde publico este libro? Lo hago en Mansalva, una editorial pequeña cuyos libros circulan de mano en mano, casi no se ven en las librerías. A ver si me explico: no estoy haciendo la “gran Sebald” sino la mini-Guebel, decir para que se pierda, para que mi voz no se escuche. Por otra parte, “¿quién me escucharía entre la jerarquía de los ángeles si yo gritara? (…) puesto que lo bello no es más que el primer escalón de lo terrible, que impasiblemente rehúsa destruirnos”. No estoy hablando de Borges ni de Kafka, mi libro no me sirve ni les sirve a mis amigos muertos. Ya que estamos con Borges: una vez, a los dieciocho años, acompañé a un amigo a entrevistarlo para una revista barrial. Borges recibía a todo el mundo, hasta a César Luis Menotti. Yo me mantuve mudo durante toda la entrevista, y cuando llegó el momento de la despedida le dije “adiós”. Borges dijo: “¿Cómo? ¿Había otro?”. En términos personales, sí, todo intenta ser un homenaje, pero sé que no alcanza para pagarles lo que les debo.

-¿Cree que Héctor Libertella se ha convertido para las jóvenes generaciones de escritores, en una suerte de nuevo Macedonio Fernández, en el sentido que sus libros han repensado los límites de la ficción con insólita originalidad?
-Lamentablemente para la obra de Libertella, que se lo merece, por ahora no hay quien pueda tirar aquí y allá las migas de pan suficientes como para que vayan a comer ahí los pajaritos de la nueva literatura. De todos modos, en los vaivenes de este mercado de valores literario, es muy interesante ver cómo su figura se acomoda a las expectativas e intereses del presente, se va alojando, mucho más que las de otros que ocuparon el centro de la escena.

-Y respecto a Di Paola, ¿qué aspectos rescata y valora de su narrativa?
-Repetiría lo que he escrito acerca de su novela Minga! en Mis escritores muertos. Por otra parte, sigo sin encontrar esa novela en mi biblioteca, así que son impresiones antiguas pero vívidas: En Minga! el azar funciona y el lenguaje no está “supuesto”, en el sentido en que lo suponen los escritores que no saben que escriben con palabras, ese material inmensamente sedoso y flexible, que se hace agua en la boca, sino con “transmisores de información” . Recuerdo mi sensación originaria: una novela fresca, dichosa, inteligente, despejada, tan alejada de lo escolar…

-En un pasaje del libro, Ud. escribe “el pensamiento nunca es lenguaje, lengua y pensamiento discurren en dimensiones distintas”, ¿podría ahondar esa idea?
-No soy “yo”. Es un narrador, que utiliza un pretexto biográfico personal para construir un personaje-fantasma que dice esas cosas. Falsa profundidad filosófica (o verdadera), signo igual: literatura.

-¿Por qué cree que ese narrador se ve en la necesidad de construir un “personaje-fantasma”?
-Cuando empiezo a escribir Mis escritores muertos, doy por hecho que esa voz que narra es la mía, que el que cuenta soy “yo”. Es decir, el autor que terminará firmando el libro. Pero a medida que voy escribiendo, los hechos narrados convierten a esa primera persona en un personaje por derecho propio. No importa que en algunos casos transmita algunas de mis opiniones (o las opuestas): en el relato esa primera persona es una voz que habla, es una identidad sin nombre y sin apellido. Va a un acto a homenajear a Di Paola, pero es la única presencia que no aparece mencionada en el diario local. Por lo tanto, me gusta pensar que en el fondo no existe, que él también es un muerto (sólo que no lo sabe), cuyas percepciones de la realidad están desajustadas.

-¿Cree que en su texto resuenan ciertos ecos aireanos, puntos en común con el autor de Dante y Reina? -No. Este libro se relaciona más con el episodio de Ragnarelki en La Perla del Emperador (una ballena centenaria que permanece viva por centurias dentro de un iceberg), que con la obra de cualquier otro escritor del orbe. Infelizmente, sigo pareciéndome a mi mismo más que a cualquier otro, aunque los otros entren en mi literatura. Ahora que lo pienso, eso también le ocurre a casi todos los escritores verdaderos que conozco, Aira entre ellos.

-Sus libros han adquirido un sesgo cada vez más reflexivo respecto al ejercicio de la escritura. ¿Cree que se ha vuelto más conciente cuando escribe?
-De joven tenía grandes e inútiles preocupaciones teóricas, agravadas por mi incapacidad para el ejercicio memorístico y los estudios académicos. Según las veía entonces, eran panoramas vastísimos, los jardines colgantes del pensamiento de Babilonia, sólo que ahora, todas esas maravillas que quedaban afuera empiezan a entrar, en su dimensión verdadera, microscópica.

-Hay un giro satírico, por momentos cínico en Mis escritores muertos, que se amplía en los pasajes referidos a ese monstruo inventado, el Tandilito. ¿Encuentra en la ironía mayor libertad narrativa? -No creo ver mucha sátira ni cinismo en este libro; sí, humor y melancolía. La ironía es una peste. Si aparece en mis libros, espero que funcione no como una muestra de presunta superioridad del narrador respecto de lo que narra o de los personajes sobre lo que viven, sino para subrayar el patetismo demencial de ambos. Además, la ironía es un gesto demagógico, en el fondo una solicitud implorante dirigida al lector, el famoso “guiño” que iguala. Pasa una mujer un tanto chata, yo te codeo y te digo: “Escuchá, escuchá lo que le digo”, me acerco a la mujer, como si estuviera a punto de decirle un piropo, y suelto: “¡Flaca, te olvidaste el culo en tu casa!”. Te miro, me mirás, nos reímos. ¡Qué vivos que somos! Dios mío, eso es la ironía, una forma compartida de la violencia.

-¿Cuál es su relación con las vanguardias literarias?
-No sé cuales son, no sé si formo parte o no de ellas.

-No obstante, su escritura parece responder a varios principios vanguardistas. Por ejemplo la libertad en interrelacionar géneros y procedimientos. También el hecho que lo irracional juegue un papel preponderante en su historia. Mis escritores muertos puede ser cualquier cosa menos un texto predecible.

-Puede ser que mi libro no sea predecible, aunque la sorpresa es un mérito menor, si uno ha descubierto los encantos de la relectura. Supongo que las inclusiones o exclusiones vanguardistas les interesan a los miembros diplomados del club, con o sin principios.

-¿Cómo figura lo autobiográfico en Mis escritores muertos?, ¿se trata tal vez, como ocurrió con Derrumbe, de uno de sus textos más personales?
-No encuentro manera de escribir si no es volviendo la escritura un acto…iba a decir personal y de golpe pensé: “impersonal”. En esa alternancia o superposición escribo. Propio y ajeno, mío y de cualquiera. Mi estilo, único y de todos. Reconocible y anónimo. Perdón por la pedantería o su falta, no puedo decidirme. Sí, ambos libros son o parecen autobiográficos, en el sentido de que recogen algunos acontecimientos de mi vida, o mejor dicho, algunos acontecimientos de mi vida se presentan bajo la forma de un relato. Y sí, supongo que escribo textos personales, si eso se opone a “profesionales”.

-¿Qué escritores lee y encuentra estimulantes cuando escribe?
-Todas las mañanazas, antes de sentarse a escribir, Stendhal leía no sé qué código penal de la época, creo que el napoleónico. Imagino que lo hacía para que la aridez y la especificidad de esa lengua punitiva despojaran su estilo de fiorituras inútiles, aunque también podríamos suponer que lo hacía por los motivos opuestos: para que las fiorituras inútiles de esa lengua precisa o tal vez recargada -¡no he leído el código napoleónico!- influyeran en su estilo de prosa desmañada y precisa y aventurera. Yo leo los diarios, en la mañana, pero sólo para atravesar otra banda del sueño. En general, no son los autores de literatura los que me estimulan directamente cuando escribo, sino textos ensayísticos, de divulgación, porquerías de distinta especie, cosas de Internet en las que busco frases, estupideces sueltas, programas de televisión. El efecto de la literatura es menos directo y obvio.

-Mis escritores muertos, como ocurre en gran parte de su obra, surge de lo fantástico. ¿La imaginación es una “máquina narrativa”?
-El centro de la historia es un cuento fantástico, que cuenta el posible acople entre dos seres inexistentes, un fantasma y una serpiente alquímica metamorfoseada en mujer, cuento a su vez cubierto de gruesas capas de falso costumbrismo y precedido y cerrado por una evocación de dos grandes escritores argentinos. La máquina narrativa tiene menos que ver con la imaginación que con procesos asociativos. La imaginación sólo sirve para que la gente vuele y las plantas se vuelvan carnívoras y el lenguaje se invista de barroquismo ñoño y tardío en los libros del realismo mágico que latinoamericanos mendicantes escriben para turistas alemanes que pasean por el mundo envueltos en el poncho caluroso que extrajeron de entre las cenizas de Mercedes Sosa.