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DANIEL GUEBEL - Los padres des Sherezade

Libro: Los padres des Sherezade
Autor: Daniel Guebel
EDITORIAL: Eterna Cadencia Editora

Medio: Perfil.com/ Cultura, 30 de Noviembre de 2008
autor/a de la nota: Por Diego Sasturain
Libro: Los padres de She rezade
Autor: Daniel Guebel
EDITORIAL: Eterna Cadencia Editora
REF: http://www.diarioperfil.com.ar/edimp/0317/articulo.php?art=11312&ed=0317

cultura
Entrevista a daniel guebel
“El amor es una máquina narrativa”

Daniel Guebel publica “Los padres de Sherezade”, un conjunto de relatos que bien podría haberse llamado “Lecciones de literatura europea”, no sólo porque la mayoría de los cuentos están ambientados en el Viejo Continente, sino además porque la propia escritura del autor argentino recoge críticamente esa tradición literaria. Después de “Derrumbe” –la historia de una separación–, que le dio al autor de “Carrera y Fracassi” una mayor popularidad, en esta entrevista reflexiona sobre el estatuto del relato breve, la alquimia, Héctor Libertella y, por supuesto, el amor.

Daniel Guebel

Nuevo libro. El autor de Matilde y El terrorista publica ahora un conjunto de relatos llenos de peripecias ambientadas en escenarios de una Europa que llega hasta Asia.

Daniel Guebel es un escritor locuaz. Sus personajes hablan mucho, sus narradores narran mucho, y él mismo, en la conversación, es un narrador oral: pasa de un tema al otro, hace bromas, introduce una reflexión profunda e inmediatamente salta hacia un tema menor. Pese a haber publicado más de diez libros, se lo ve feliz con la aparición de un nuevo libro casi como un escritor debutante. Los padres de Sherezade, publicado por la editorial Eterna Cadencia, se imprimió exactemente un año después de Derrumbe, su novela más exitosa en términos de ventas, y marca también su regreso al cuento después de El ser querido, de 1992. Pero además de narrativa, Guebel escribe teatro. Casi eufórico anuncia la inminente salida de Tres obras para desesperar, publicada por la editorial Ladosur, en la colección Pequeño Saltamontes. De repente la convesación se llena de anécdotas de los estrenos de sus obras escritas en conjunto con Sergio Bizzio, y de su experiencia en Montevideo; pero rápidamente vuelve a la narrativa. Seguramente el terreno en el que mejor se mueve.

—¿Por qué volvió al cuento, tantos años después de “El ser querido”?

—Cuando escribí Los padres de Sherezade, no me di cuenta de que lo había escrito. En el fondo, éste y otros libros vienen de una novela larga que estoy escribiendo hace años, El absoluto, que es como mi zona de trabajo. Los libros se van desprendiendo de ella. Yo voy escribiendo El absoluto y dentro del ella aparecen cuentos. Los desprendo y me pongo a trabajarlos de manera autónoma. Ahí me doy cuenta de que es un libro que tiene su propia unidad.

—El libro tiene frases como: “Soy un genio que da lástima. Por las mañanas despierto y escucho ‘ti-tu, ti-tu’ (agudo, grave, agudo, grave), el canto irreal de un pájaro imaginario. Frívolo, serio, frívolo, serio”. ¿De dónde proviene su estilo?

—Esa frase es un plagio nabokoviano… este libro se iba a llamar originalmente Lecciones de literatura europea, porque todos los cuentos transcurren en alguna zona de Europa, si es que podemos pensar que Alejandro Magno era europeo y no asiático; de hecho, el relato Los padres de Sherezade cuenta la apropiación de Asia por parte de un general griego que se convirtió en asiático.

—Hay una serie de categorías metafísicas, quizá referidas al absoluto, que aparecen en estos cuentos. ¿Q ué puede decir de eso?

—Bueno, si fuera Dios no hubiera tenido que escribir este libro. De todos modos estaba pensando en el acápite de Gershom Sholem, que fue lo último que agregué. Es casi indescifrable… de alguna manera signa extrañamente el libro: “El concepto de la totalidad del proceso histórico se transforma en una interconexión teosófica del cosmos”. ¡Inextricable!… y a la vez perturbador. Hace años le pregunté a Héctor Libertella: “¿Por qué te interesa tanto la alquimia?”. Y me dijo: “¡Ah! Ya te vas a dar cuenta”. Un día leí una frase suya, no recuerdo cuál, no recuerdo por qué… y me di cuenta de que en esa frase Héctor realizaba lo que no vi en ningún otro autor argentino, y es que era una serie de permutaciones increíbles. En esa frase estaba condensada la cábala y todas las novelas posibles. Es decir: comparado con esa frase El Aleph es un texto completamente latoso, abundante e innecesario. Esta historia tiene una especie de costado aforístico: cuando el discípulo está preparado, la puerta se abre…

—En el cuento “Un sueño de amor” aparece la alquimia como tema.

—Claro, hay un personaje, que es un alquimista que se convierte en mujer para seducir a un hombre por interpósita persona. Quiere que una amiga sane su infelicidad, pero la amiga no se va a mover por ese hombre… Volviendo a la alquimia y la literatura: más allá del nivel de farsantes asumidos, no veo por qué gente que carecía de los dones de la simulación no pudiera desempeñarse como alquimista. Engañar a gente y vivir de eso.

—La alquimia de alguna manera remite a lo inesperado. ¿Qué lugar ocupa en su literatura la irrupción de los acontecimientos?

—Pienso la literatura como acontecimiento, se trata de eso. No en el sentido ilusorio en que la palabra funda un acto, sino que el acontecimiento es un orden fuerte de disposición de las cosas. Cuando pienso en el acontecimiento no pienso en términos de contar un cuento. Me importa poco el cuento que se cuenta, lo que importa es la serie de transformaciones que ocurren en su decurso. Lenin yendo a buscar la fórmula para hacer la revolución bolchevique a un monasterio jesuita y discutiendo con el jesuita en términos de Alan Badiou… el arte de la combinatoria.

—¿Cómo surgió ese cuento, “La fórmula de los jesuitas”?

—Nace de una anécdota que no puedo constatar. Así como Jesús estuvo tres años perdido en un monasterio esenio, sea cierto o falso, puede haber estado en un monasterio budista: no lo sabemos. Podría haber contado ese cuento, pero no se me ocurrió. Pero parece que Lenin sí estuvo en Lovaina, en el monasterio de los jesuitas, y sin duda aprendió algo. Yo no sé qué y tampoco me importa.

—En este libro cada cuento tiene otro cuento adentro, sobre todo “Un sueño de amor” y “El secreto de la inmortalidad”. ¿Le interesa ese mecanismo?

—Sí, son cajas chinas, mínimas cajas chinas. A mí me interesa mucho el cuento en abismo. No como fórmula a desarrollar en términos de una orfebrería: me parece que, señalado el abismo, ya está. La lógica de estos cuentos largos con el sistema del abismo tiene que ver con su origen novelesco.

—Usted usa temas y giros de la novela tradicional y les da otros usos.

—Todos los gestos son novelescos, en el sentido de la novela del siglo XIX, hasta aventureros. Pero el procedimiento es el de la condensación. Estaba pensando que en El secreto de la inmortalidad, yo combino una anécdota de La amante de Bolzano, de Sándor Márai, con un cuento de Abelardo Castillo… Vi que entraban ahí. Igual, no pienso mucho en términos de contenido, ni el tema, la enseñanza moral… para mí todo se desprende de lo que ocurre, del acontecimiento.

—¿Considera que el contrato o la relación entre autor y lector es tal como aparece en “Los padres de Sherezade”, en la que el escritor escribe para diferir el momento de su muerte?

—Creo que, borrada toda ilusión de autonomía de la literatura, en el escritor se hace carne un contrato mercantil. Ahora bien, ese contrato no es necesariamente monetario, o remunerado. Puede ser que el escritor se muera de hambre, pero es un pacto de intercambio con alguien: te puede dar dinero, te puede dar goce, reconocimiento o te puede dar la muerte. Yo soy “miliuanochesco” por cervantino, gozo de la idea de un libro infinito. Si ese libro está sostenido no sólo por el goce del infinito, sino que el infinito está sostenido por el terror de la muerte, me parece que es más rico y más humano.

—¿Y el amor? En su narrativa aparece como una instancia redentora.

—El amor es una máquina narrativa. Las mil y una noches… lo descubrí en La perla del emperador, mi segunda novela. Y en Matilde descubrí que el padecimiento es una estructura narrativa perfectamente consolidada y analizable. Por lo menos, en los libros que yo puedo escribir. El amor es como una sonata o una sinfonía, tiene momentos.

—Y el viejo que vuelve en sueños a visitar a su amada y le come los pies en “Un sueño de amor”, ¿eso también es amor?

—Muerto el amor, el resto es esa pesadilla que se arrastra en los sueños y que te devora. Si uno piensa cómicamente, el cuento de amor de todo matrimonio es el pasaje del hada a la bruja, que es fatal. Y uno pasa de príncipe a grosero ogro. Por eso hay una resolución extraordinaria en Shrek 2. El ogro se ha convertido en un bello hombre por medio de una poción, y debe elegir si quiere seguir así o volver a ser un ogro; y la princesa Fiona le dice: “Yo quiero seguir viviendo con el ogro con el que me casé”. Entonces él se convierte de nuevo en ogro, y aparece el gato, la voz del anticlímax irónico, diciendo: “No debo llorar, no debo llorar”. Yo veía la película con mi hija, recién separado y, sin que ella me viera, lloraba… el canto del amor perdido. Espero que mi hija no lea nunca esto.

—Usted también tiene una trayectoria como autor de teatro, ¿cómo fue pasar a dirigir una obra?

—Dirigí mi obra Dos cirujas, y me gustó. Pero a veces pienso que no es imprescindible que las obras se representen, no creo que queden “incompletas” si no se ofrecen al público como representación. Puedo prescindir de puestistas y decoradores de escena, pero no de los textos. Aunque también es cierto que imagino a ciertos actores haciéndola. Tienen que tener muy buena dicción y ser salvajes, pelotas de energía incendiaria, como planetas a la deriva, rebotando contra las palabras, si se me permite la cursilería del énfasis.
Derrumbe del derrumbe

—“Derrumbe”, su novela anterior, fue más exitosa en ventas que las anteriores. ¿Cómo cree que fue leído?

—Yo estoy muy orgulloso de Derrumbe, porque el libro sorprende dentro del marco de lo que se supone que yo escribía. ¿Quién no puede conmoverse con el relato de un hombre lamentoso y lamentable que se separa y que extraña a su hija? Es un libro que, dentro de ese marco que podría volverlo una especie de best-seller nauseabundo, está cargado de cosas que lo corren todo el tiempo de eso. Porque el lamento del personaje es completamente exagerado, es una quejita de clase media, porque están tomados todos los tópicos de la literatura romántica.

—¿Es un proceso de vaciamiento?

—Claro, es un libro vaciado en sí mismo. Porque aparece un sistema… se supone que el narrador va a encontrar algo y en el ciclo de sus padecimientos empieza a perderse como en una improvisación de jazz en teorías del funcionamiento del fracaso en el arte, cada tema deriva asociativamente en otro… es un libro interminable en frasco chico. Y dentro de esa marca, es completamente humorístico. Es un libro que comienza en un tono dramático y en seguida el personaje se vuelve patético por pura exageración, y humorístico, por lo mismo.

—Teniendo en cuenta esto, ¿por qué piensa que tuvo una recepción tan favorable?

—No sé. Me senté a escribirlo apenas mi ex mujer y mi hija se fueron de casa. Y pensé de inmediato: “Tengo que hacer algo con esto, y es contarlo”. Y a la media página ya me di cuenta, lo cual es evidente, que no existe la autobiografía. Este libro respondía a un deseo, nunca satisfecho, que es el de escribir un diario. Lo que aparece como evidente es la imposibilidad de la escritura de dar cuenta de lo real porque, como en el tiempo agustiniano, cuento lo que ya pasó, y si cuento lo que pasó, no cuento lo que está pasando, que es el propio acto de la escritura. Yo hubiera querido escribir Derrumbe de un tirón, para que hubiera una especie de unidad de estilo emocional propia del acto de la escritura sin terminación. Algo que pasa siempre: cuando uno escribe una novela que se dilata en el tiempo (y no hay posibilidad de que una novela no se dilate en el tiempo, porque no es un trazo en el papel) es que el impulso emocional y estilístico que acompaña el comienzo de la escritura ha sido abandonado y transformado en el transcurso del tiempo, entonces hay veces que uno lleva una novela como arrastrando tantálicamente un peso. Yo resuelvo eso abandonando la ilusión de unidad estilística.

Medio: Perfil.com/ 21 de diciembre de 2008
autor/a de la nota: Por Quntín
Libro: Los padres de She rezade
Autor: Daniel Guebel
EDITORIAL: Eterna Cadencia
link: http://www.perfil.com/contenidos/2008/12/21/noticia_0006.html

El lado oscuro

El lunes pasado tenía una tarea imposible: me encontré en la posición de un buzo al que se le pide que toque el piano. La historia es así. Daniel Guebel acaba de publicar su último libro, una colección de relatos que lleva el título Los padres de Sherezade, y los responsables del lanzamiento me pidieron que lo presentara. Accedí con mucho placer ya que Guebel es un amigo además de un excelente escritor. Pero tras aceptar el encargo, descubrí que venía con premio, porque no hay un último libro de Guebel sino dos. El segundo se llama Tres obras para desesperar y es teatro. La misión imposible incluía los dos libros.

Entré en pánico, y no era para menos: odio el teatro y la última vez que vi una obra fue hace cuarenta años. Me dicen que es un arte maravilloso y que, en los últimos años, la producción argentina está a la vanguardia mundial. Pero a mí la voz de Alfredo Alcón haciendo Las brujas de Salem me persigue desde la infancia y no he podido superar el trauma. Cuando hace unos meses Guebel me invitó a ver la trilogía en vivo, huí despavorido hacia San Clemente, donde sé que la temporada teatral se reduce a una noche con Jorge Corona.

De todos modos, mi conciencia me obligó a leer las obras que, afortunadamente, ocupan apenas unas cien páginas. No festejo su brevedad porque me parezcan malas (al contrario, sospecho que son excelentes) sino justamente porque cumplen con lo que promete su título: son obras tremebundas que me sumergieron en una profunda angustia.

En cada momento de Tres obras para desesperar hay dos personajes en escena. En la primera, Matrimonio, son el marido y la mujer, aunque en un acto intermedio aparecen la mujer y el hijo. La indicación escénica dice: “Sobre sus rodillas, con cofia de bebé, chupete colgando sobre el pecho y mantilla que lo envuelve, está su criatura. Es el actor que en el primer acto hacía de hombre”. Sólo imaginar la escena me sumergió en el más profundo espanto, pero las cosas se pusieron peor más tarde, ya que en la segunda obra, Pobre Cristo, los personajes son Cristo y una rata que amenaza todo el tiempo con comérselo. La última parte se llama Dos cirujas y la interpretan dos personajes rotosos, Loro y Toto, que viven rodeados de mugre. De entrada nomás, se lee: “Tocame un poquito. ¿Dónde? (...) Toto trata de apoyarle la verga en la mano”. Ay.

Yo sé que Beckett... y también sé que en la primera obra se discute el amor contemporáneo, en la segunda se habla de teología y en la tercera de no sé qué cosa importante. También pude comprobar que el autor hace un increíble despliegue de humor y de imaginación, que da rienda suelta a sus más oscuras obsesiones (el sexo como pesadilla, el canibalismo, la muerte, el arte) y que es un mago del lenguaje. Pero no veo por qué esas cosas tremendas deben ocurrir tan promiscuamente (me refiero a que la cercanía entre actores y espectadores es menor de un kilómetro) y uno no puede escapar de ellas si ve la obra pero tampoco puede escapar de imaginárselas si la lee. Sé que el teatro es eso, gente de carne y hueso hablando fuerte frente a uno, pero preferiría que fuera otra cosa.

Hay, sin embargo, un pasaje del magma teatral guebeliano que arroja luz sobre todo el asunto. Dice así: “Sí, sí que entendí. Sé lo que digo. Quiero decir que el arte está en lo no dicho, lo silenciado. Aquello de lo cual lo dicho es el negativo, aún más, el sobrante”. Y por eso quiero recomendarles calurosamente la lectura de Los padres de Sherezade, que es un gran libro en el que se aprecia cuán apolínea, elegante y luminosa puede ser la prosa de Guebel. Pero también, de acuerdo a la clave que él mismo nos proporciona, uno se debe dar una vuelta por el yan de ese yin, por la contratara tenebrosa de esa escritura feliz y leer también su negativo, las Tres obras para desesperar. Bueno, no sé si es tan necesario y no sé si volvería a acompañarlos, pero el autor así lo cree y por algo debe ser.

Medio: http://www.pagina12.com.ar/ Cultura y Espectáculos / Lunes, 22 de Diciembre de 2008
autor/a de la nota: Silvina Friera
Libro: Los padres de She rezade
Autor: Daniel Guebel
EDITORIAL: Eterna Cadencia
link: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/espectaculos/4-12377-2008-12-22.html

LITERATURA › DANIEL GUEBEL Y LOS CUENTOS DE LOS PADRES DE SHEREZADE
“A veces hay que arrastrar el libro sobre las espaldas”

El escritor propone cinco impactantes relatos, ambientados a fines del siglo XIX y principios del XX. Lenin, Stendhal y los jesuitas, entre otros, atraviesan este libro que admite vínculos con otros géneros. “La literatura abre el infinito señalándolo con el dedo”, dice.


La pureza de los géneros es una preocupación para veterinarios y nazis”, plantea Guebel.


Quizá sea cierto que la paternidad vuelve serios y responsables a los hombres, como dice el narrador del cuento homónimo Los padres de Sherezade (Eterna Cadencia). Pero Daniel Guebel, padre de muchos hijos literarios, embarazado por el anhelo constante de escribir desde mediados de los años ’80, no se deja ganar por la solemnidad. Si el humor y la ironía empiezan “en casa”, el escritor es el primero en burlarse del mito que está construyendo desde que viene anunciado, en cuanta entrevista le hacen, que hace más de seis años viene trabajando con una zona de experimentación, una novela llamada El absoluto, cuyo título impresiona tanto que “sólo queda retroceder”, de la que se desprenden muchos de los últimos libros que ha publicado. En la terraza de la librería-editorial donde acaba de publicar su flamante libro de cuentos, Guebel representa la escena del autor que celebra sus obsesiones estampadas en cinco impactantes relatos, ambientados a fines del siglo XIX y principios del XX, con el mismo entusiasmo del neófito que empieza a transitar por una zona azarosa, tan incierta como inquietante. Esa especie de inconsciencia iniciática, de ir tanteando y dejarse llevar por “el resplandor de lo nuevo”, se percibe en los diálogos de “La fórmula de los jesuitas”, donde el Lenin pre Revolución Rusa se interna en un monasterio jesuita de Lovaina para tomar un “curso acelerado” de cómo ser un revolucionario profesional. El aprendizaje no será fácil. Una duda-pregunta final del autor de ¿Qué hacer? desencadenará una de esas frases que suelen lanzar los personajes guebelianos: “Los jesuitas consideramos que la propiedad es un robo”.

Guebel cuenta a Página/12 que los dos libros de relatos que escribió los hizo ignorando que estaba escribiendo cuentos. “Cuando surgió El ser querido, estaba escribiendo pequeñas novelas, y de golpe me di cuenta de que había una zona autónoma que se iba construyendo a sí misma, en el costado de la novela, y que tenía un libro de cuentos que ofrecía cierta ilusión de unidad. Y con Los padres de Sherezade me pasó exactamente lo mismo. Hace años que estoy escribiendo una novela de cierta extensión, que se llama El absoluto, y dentro de esa novela voy escribiendo relatos que tienen una relación especular con la narración principal, pero que funcionan de una manera autónoma –explica el escritor–. Me di cuenta de que esos pequeños relatos probablemente entorpecían la novela, y además tenían rasgos lo suficientemente autónomos para ser extraídos del cuerpo principal. Por supuesto, puede leerse eventualmente, en un sistema posterior, en relación con ese libro que aún no publiqué y que de hecho no terminé. Cada uno de esos cuentos, siendo de universos disímiles, tiene preocupaciones de asuntos completamente solidarios.”

–¿Por qué en una primera instancia los relatos de Los padres de Sherezade comparten una zona que podría definirse como “europea”?

–La novela de la que se desprendieron estos cuentos empieza a mediados del siglo XVIII en Europa y termina a mediados del XX en la Argentina, buena parte de esos dos siglos y medios transcurren en Europa, y eso me permitió recorrer una zona de manera programática. El primer título de este libro iba a ser Lecciones de Literatura Europea, que es como un chiste al título de Nabokov. El título completo debería haber sido Lecciones de Literatura Europea impartidas por un argentino ignorante (risas).

–En Un sueño de amor, el narrador advierte que Natasha había aprendido a tomar los hechos de la vida como una representación. Otros relatos, ya sea por los diálogos, o por las escenas, también presentan hasta cierto punto una “atmósfera teatral”. ¿A qué se debe esta recurrencia?

–El primero de los cuentos tiene una materia teatral pero en el fondo no es más que un diálogo, una pequeña escena. Esto no lo califica ni descalifica. Textos que son tomados como ejemplos de cuentos, como Los asesinos de Hemingway, me parecen un fragmento de guión cinematográfico; el cuento Esa mujer, de Rodolfo Walsh, es un fragmento de pieza teatral. La pureza de los géneros es una preocupación para veterinarios y nazis, que son lo mismo. En relación con la presencia de lo teatral aparece la cuestión de “contar una escena”. El que monta una escena lo hace para otra persona, que se incorpora o no a la acción. Uno puede pensar en el modo en que Hamlet monta la escena de representación para producir un impacto que le permita descubrir la verdad en los ojos del tío. Pero también se puede pensar en Sherezade representando ante Shahryar un cuento para simular la verdadera escena que está construyendo, que es el hijo que está gestando de Shahryar.

–Es curioso que los desprendimientos de El absoluto los pueda terminar y publicar aunque aún no haya terminado esa novela tan anunciada.

–Como es un libro interminable, no está mal que un escritor genere su propio mito, pero me temo que lo voy a terminar. Siempre es más grande la expectativa que la realización. El que es un maestro en la promesa de terminar es Piglia. Tengo competidores insuperables (risas).

–Usted también escribe teatro. ¿Por qué para muchos escritores la dramaturgia no es un género literario?

–Supongo que no se le perdona la pérdida del narrador, que queda como atrofiado en la didascalia, en la mera referencia escénica. El último libro de Puig, Cae la noche tropical, es una larga escena teatral. Es una conversación de dos mujeres que respeta todos los principios aristotélicos y que infelizmente carece de un final sangriento. La verdad es que la abolición del narrador, las figuras de los actuantes o los dialogantes solos, permite una velocidad y dicha en la escritura que es completamente envidiable. En ese sentido, escribir una novela, y sobre todo una novela larga, es como levantar un dinosaurio del barro. Hay momentos de dicha elevada en la escritura de una novela, sobre todo cuando se descubren de pronto sistemas de relaciones, pero el proceso de la escritura misma es obviamente lento. Y a veces hay que arrastrar el libro sobre las espaldas. En cambio, en la escritura teatral todo es veloz y feliz, aunque el objeto teatral sea desdichado. Las obras de teatro que he escrito son lo más pesimista, desesperanzado y apocalíptico de mi pequeña obra.

–¿Más que su narrativa?

–Sí, mucho más. Mis obras de teatro son literatura cruel, sanguinaria y caníbal. Será que guardo para el teatro el lugar de la desesperanza, sin ser en la narrativa particularmente optimista.

–Como cuentista no aparece de un modo explícito y evidente esa desesperanza, ¿no?

–Si algo diferencia a Los padres de Sherezade de El ser querido es que en mi primer libro de cuentos todavía era un autor joven y creía que la importancia del texto podía verse legitimada por la dramática del asunto. En Los padres de Sherezade avanzo hacia una zona temática que tiene que ver con la ilusión de la transformación de los personajes. Querer ser otros y cambiar el mundo son las dos constantes obsesionales. Lenin quiere cambiar el mundo y se instruye con los jesuitas; el alquimista homosexual pretende que su amiga consiga un hombre y apela a sus poderes. En La nariz de Stendhal, Stendhal quiere cambiar su apariencia física, y en Los padres de Sherezade es la propia literatura la que trata de mutar constantemente. Y junto con eso, está el humus, la zona que comparten, la ilusión de que en la escritura más que en la vida se pueden propiciar infinidad de combinaciones. Todos los textos apuntan a la necesidad de transformación. No necesariamente esa transformación se consuma. Pero por el hecho mismo de ponerla en funcionamiento y sugerirla, alcanza. La literatura abre el infinito señalándolo con el dedo.

–Es lo que hace con el cuento “La fórmula de los jesuitas”, donde usted señala con el dedo lo que sería el “embrión” de Lenin.

–Es el momento de un Lenin paradójico y aventurero; es el Lenin en el instante en que se pregunta la pregunta del millón: ¿cómo hace para convertirse en un revolucionario profesional? Cómo salir del espacio de la aventura, cómo construir un partido revolucionario profesional, con qué modelos. La pregunta ¿qué hacer? en el fondo siempre es ¿cómo hacer? La pregunta para Lenin es cómo dejo de ser lo que era y me convierto en otra cosa. Por lo tanto, va al partido mejor organizado de la historia de la humanidad, los jesuitas.

–¿Recuerda cuál fue el origen de ese cuento?

–Sí, tiene que ver con una nota al pie de un texto que yo estaba editando, donde decía que Lenin había ido a Lovaina. Me pregunté a qué habría ido a Lovaina, si por lo único que se caracterizaba esa ciudad es porque tenía la universidad jesuítica más importante de Europa, era el centro intelectual más poderoso de los jesuitas. Lenin se convierte en una especie de nuevo avatar de Cristo, que tiene un período enigmático en el que no se sabe si estuvo con los esenios o si fue a curtir con el diablo al desierto...

–¿Usted produce escritura también a partir de su trabajo como editor de libros de investigación periodística?

–Sí, no hay duda de que no hubiera podido escribir una novela como La vida por Perón si no hubiera estado trabajando con textos sobre los años ‘70, pero también pienso en el azar como una máquina para disparar sentidos cuando la escritura está puesta en movimiento.

–¿Su escritura se alimenta y potencia con el azar?

–Sí, completamente. Mi segunda novela, La perla del emperador, nace de un relato que abandoné en la página 150. Encontré una voz y seguí ese nuevo libro y dejé el anterior.

–¿Qué pasa con esas 150 páginas que quedaron en el camino?

–El absoluto sigue, pero otros intentos de libros han sido abandonados. Siempre me voy con la nueva novia, lamentándome melancólicamente por lo que he perdido (risas).

–¿Hay algo de cierto en ese sentimiento de que acaso lo perdido podría haber sido una obra “maestra”?

–En una de mis novelas favoritas, La boca del caballo (de Cary Joyce), el personaje es un pintor, que se llama Gulley Jimson, un viejo pintor vanguardista, fracasado, pícaro, delirante, muy simpático, que dice: “Ah, el trazo inicial es mi movimiento favorito, derecha e izquierda, el resto es un engorro”. Cuando estaba escribiendo la novela que abandoné por La perla del emperador, esa novela me parecía preciosa, genial, aunque excedía mis posibilidades del momento, pero sobre todo me fascinó la voz nueva que descubrí. Y aunque voy hacia el resplandor de lo nuevo, no quiere decir que no pueda terminar nada. Es evidente que sí. Doy por hecho que cuando voy a lo nuevo puedo volver. Y ese desvío en el fondo tiene su sistema. Escribí cuatro novelas breves que se desprenden de El absoluto, libro que a la vez está compuesto por cinco novelas breves, cinco biografías familiares que pondrían tener lectura autónoma. Cada vez que terminaba una biografía, escribía una novela aparte, como esos gemelos que no nacen y quedan de golpe alojados en el cuerpo del hermano. Tal vez estoy publicando estos libros para generar ese mito que me permita publicar una novela un poco anómala como El absoluto. Igual creo que como operador estratégico y maquiavélico de mi propia carrera soy un desastre (risas).

Medio: perfil.com / Cultura y Espectáculos / 11 de Enero de 2009
autor/a de la nota: Maximiliano Tomas
Libro: Los padres de She rezade
Autor: Daniel Guebel
EDITORIAL: Eterna Cadencia
link: http://www.perfil.com/contenidos/2009/01/11/noticia_0006.html

ASUNTOS INTERNOS

Los cuentos de la buena pipa

Relegado por años a ocupar los márgenes de la industria editorial –que equivocada o no veía en el formato de la novela un producto más fácilmente comercializable–, el cuento experimenta en la actualidad una suerte de resurrección, desde que las antologías temáticas o generacionales demostraron que podían acaparar el interés de los lectores.
Relegado por años a ocupar los márgenes de la industria editorial –que equivocada o no veía en el formato de la novela un producto más fácilmente comercializable–, el cuento experimenta en la actualidad una suerte de resurrección, desde que las antologías temáticas o generacionales demostraron que podían acaparar el interés de los lectores. Así, una tras otra, las editoriales fueron haciendo espacio en sus catálogos a los volúmenes de relatos, ya sean colectivos o individuales. Y así también, a fines del 2008, Eterna Cadencia, uno de los sellos independientes más nuevos e interesantes del mapa editorial, eligió cerrar el año lanzando simultáneamente dos libros de cuentos: la compilación Vagón fumador. Antología de relatos sobre el tabaco, a cargo de Damián Ríos y Mariano Blatt, con textos de Mario Bellatin, Daniel Durand, Alberto Laiseca, Alejandro Zambra y Elvio Gandolfo, y Los padres de Sherezade, el segundo libro de cuentos de Daniel Guebel.
Durante los últimos tres años compartí con Guebel –autor de novelas, obras de teatro y periodista ocasional– el trabajo cotidiano, por lo que me convertí en testigo privilegiado de dos de sus obsesiones literarias más recurrentes: el agobio de ser considerado un autor epigonal de la infinita y mutante obra de César Aira, y la sensación de ocupar en el campo literario argentino un espacio mucho menor al de sus aspiraciones (frustración que, por otra parte, deben compartir tres de cada tres escritores argentinos). Guebel es amigo de buena parte de los nombres más destacados de su generación –Martín Caparrós, Alan Pauls y Sergio Bizzio–, y tuvo la desdicha de ser considerado una joven promesa: un autor sobre el que desde muy temprano pesó la atención de la crítica, que, como suele suceder, pasó rápidamente a ocuparse de otros menesteres, urgida por las últimas modas literarias. En el té que religiosamente bebía luego de cada almuerzo, dejaba caer –de acuerdo al humor del día, con un tono de suficiente ironía o de velada desesperación– sus quejas sobre la miopía generalizada que recubría su producción. La pregunta, que nunca formuló pero que permanecía flotando detrás de sus anécdotas compartidas con Bizzio, Fogwill, Luis Chitarroni, Héctor Libertella o Jorge Di Paola (su familia literaria elegida, cuyo árbol genealógico prefería remontar a Cervantes y a Rabelais), de la narración sardónica de sus desgracias personales, era una sola: ¿cuánto falta para que el periodismo y los lectores se den cuenta de que soy un genio? La indiferencia sobre su obra comenzó a disiparse, aparentemente, cuando en 2007 publicó un libro en el que muchos vieron una novela confesional, y que resultó un módico éxito de ventas, Derrumbe. Allí, Guebel, como antes en Carrera y Fracasi o La vida por Perón, hacía gala de una de sus virtudes más celebradas: el equilibrio entre una prosa elegante, la profusión de historias enmarcadas, y la perífrasis que comienza por ser culta y termina deviniendo escatológica. El mismo tono formal que deparan los cinco relatos de Los padres de Sherezade, en los que se adivina la influencia de uno de sus autores más admirados y detestados: Jorge Luis Borges. Sólo que en el caso de Guebel se trata siempre de un Borges revisitado desde el desenfado y la chabacanería, ese rasgo de estilo que es ideología literaria, y que sus detractores más disfrutan de atacar. Es probable que la hora de la justicia literaria haya sonado para él, finalmente. Mientras tanto, insiste en que algún día terminará una novela monumental que lleva años escribiendo, y despertará a los incrédulos. Habrá que creerle.
*Desde Barcelona.

Medio: La voz.com.ar/ Cultura / 22 de Enero de 2009
autor/a de la nota: Gustavo Pablos
Libro: Los padres de She rezade
Autor: Daniel Guebel
EDITORIAL: Eterna Cadencia
link: http://www2.lavoz.com.ar/suplementos/cultura/09/01/22/nota.asp?nota_id=483242

Entrevista a Daniel Guebel

"Busco transformar las posibilidades de la narración"

El autor de "Derrumbe" vuelve al ruedo con la colección de relatos "Los padres de Sherezade" y reflexiona sobre la vigencia de las categorías de cuento y novela.

Daniel Guebel

"La novela clásica quedó en manos de los autores de best sellers", dice Daniel Guebel.


"Mis libros se las arreglan para que sus partes ‘reboten’, reflejen y se espejen unos con otros y partes de sus partes con otras, propias y ajenas", dice el narrador Daniel Guebel. De esta manera señala uno de los rasgos distintivos de una obra, cuyo primer título se remonta a mediados de los años ’80, y que siempre se caracterizó, más allá de la persistencia de ciertos motivos y procedimientos, por explorar nuevas direcciones (en este sentido, El terrorista y La vida por Perón, son sólo algunos de los ejemplos más emblemáticos).

En Los padres de Sherezade (Eterna Cadencia) el autor propone cinco historias que transcurren en Europa entre el siglo XVIII y principios del XX. En La fórmula de los jesuitas, Lenin abandona su domicilio en Berna para instalarse en el monasterio jesuítico de Lovaina con el deseo de conocer y aprender de un modelo de organización que tiene varios siglos sobre la tierra; en Un sueño de amor, un arquitecto y alquimista busca durante un viaje unir dos almas "perdidas" utilizando sus virtudes mundanas y los recursos que le indican las artes ocultas; y en La nariz de Stendhal, mientras el autor francés espera en Riga su turno para una cirugía que modele su nariz asiste a una curiosa demostración de la técnica a la que se verá sometido.

A su vez, en El secreto de la inmortalidad, en uno de sus tantos viajes de placer un matrimonio se encuentra con un personaje que ha accedido a una particular forma de inmortalidad; y en el que da el título al libro un narrador relata diversas versiones o entradas –contiguas y complementarias– a los orígenes de Las mil y una noches.

"Inicialmente, cada uno de los cuentos era un fragmento un poco anómalo de una novela bastante extraña que vengo escribiendo y no voy terminando desde hace seis años, se llama El Absoluto, se extiende y se extiende y no responde a mis pedidos de conclusión", adelanta Daniel Guebel. En algún momento, un editor le preguntó si tenía un libro breve listo para ser publicado, y el autor le contestó que no, y de pronto, apenas formuló la negativa, vio claramente esas "señales luminosas" que se distinguían en medio de la "noche de los aeropuertos".

"Los cinco cuentos de Los padres de Sherezade se habían encendido y me llamaban pidiéndome que los sacara de allí", confiesa. Y añade: "sin duda el ámbito (la Europa de entre el siglo XVIII y principios del siglo XX) y el rasgo común que determina a buena parte de mis personajes, como la voluntad de cambiar el mundo o de transformarse física, psíquica o místicamente, hace eco a mi deseo de novelista: el de transformar dentro del relato las posibilidades de la narración".

Fragmentos
–¿Qué efectos diferentes te produce la escritura de cuentos?

–Bueno, en realidad los motivos para pasar al cuento los tienen los mismos cuentos y no el autor. En el caso de estos cuentos, mientras los escribía experimentaba una intensidad distinta, una velocidad mayor en el goce de la escritura, que era efecto de una condensación relativa mayor que la del promedio de la novela, y que a veces me hizo pensar si no sería mejor recortar, cortar y pegar de otra manera El Absoluto, y convertirlo en una forma que postule la superioridad del fragmento respecto de la supuesta totalidad. De todas maneras, mis libros se las arreglan para que sus partes "reboten", reflejen y se espejen unos con otros y partes de sus partes con otras, propias y ajenas.

–Más allá de algunos aspectos relativos a la composición, y que diferencian al cuento de una narración más extensa, ¿qué ventajas y disfrute te permite escribir en un formato más breve?

–De hecho, prefiero ignorar lo que denominás como "los aspectos relativos a la composición, y que diferencian al cuento de una narración más extensa". Por ejemplo, leo Tlön, Uqbar, Orbis Tertius como una novela, y A la busca del tiempo perdido como una expansión anticipada e incontinente de la moda (de la temporada pasada) de la literatura del yo made in Argentina. En Los padres de Sherezade, me parece, hay al menos tres cuentos que perfectamente pueden aceptar el cargo de novelas. Diría más: ningún autor serio puede sin chiste decir que escribe novelas. La novela clásica, burguesa, quedó en manos de los autores de best sellers y de los pasmados. Esa novela se terminó a fines del siglo XIX; Kafka escribe parábolas estiradas. Realmente mi comentario es al mismo tiempo malicioso y nostálgico. Pero, no, no quiero ser Thomas Mann. Y de ese saber no se puede retroceder. O, ¿quién sabe?

–Al final de "Los padres de Sherezade", el narrador desliza la idea de que se cuentan historias para aplazar algo, como por ejemplo la muerte, pero que al mismo tiempo en ese proceso de aplazamiento se va creando otra cosa. En tu experiencia personal como escritor, ¿qué adaptación harías de esta idea?

–Tu lectura del cuento indica que me catalogas como un ortodoxo milyunanochesco. Efectivamente, en Las Mil y una noches la función del relato es aplazar el momento de la muerte para dar luz a la vida secreta que va creciendo en el seno de la narradora Sherezade. No sé bien qué es mi vida, pero sé que el tiempo de mi escritura está regido por la alternancia entre el aplazamiento percibido como una orden ("sentarme a escribir", "no, hoy no", "seguir", "no, hoy ya ha sido demasiado", "retomar la escritura", "no, ayer ya hice bastante"), y el apuro que me impulsa a continuar, sabiéndome mortal.

El padecimiento en forma de relato
"La escritura es un signo en sí mismo, que se emborracha donde quiere o donde puede (como el Espíritu)", dice el autor. "Pero también la escritura es experiencia, ya que no conozco obra que sea ‘registro puntual’ de hechos vividos, pero sí admito (conozco) que una leve disociación operativa nos permite a los escritores ver estructura de relato en formas particulares del padecimiento –argumenta–. Como si el dolor trajera consigo su propio bálsamo, que es la posibilidad de contarlo, tornándolo delicioso".

De esta forma se refiere a su novela Derrumbe, que fuera publicada a fines de 2007 y que alcanzara un importante reconocimiento de cierto sector de la crítica. En Derrumbe una voz en primera persona narra una historia que en principio parece surgir de la experiencia personal del autor pero que con el avance de las páginas toma su propio rumbo y adquiere cierta autonomía, en parte determinada por el cambio de registro: el paso de la tragedia a la comedia. Desde su aparición, la obra empezó a ser considerada como una de las expresiones del "giro autobiográfico" que habría tomado la literatura argentina en los últimos años.

–¿La escritura te permitió aprender o confirmar algo sobre el proceso de transferencia o elaboración de la vivencia a través de la escritura?

–En términos de experiencia de escritura, nada de lo real acontecido se modificó con Derrumbe, pero ahí volví a aprender que es imposible narrar los hechos. Cada libro aspira a su propio estilo e impone su propia forma. Empecé Derrumbe con ninguna idea, salvo la de "escribo o me muero", una adaptación apenas digna del famoso chiste de la madre judía, "corto y moiro". A los tres renglones (es decir, durante ese breve lapso) creí que había empezado a escribir un diario íntimo (algo que nunca había hecho y que aborrezco), a los cinco, imaginé que estaba escribiendo una versión poco literaria de Escritor fracasado de Roberto Arlt. Y después seguí, creyendo cosas distintas durante un par de páginas, hasta que el libro se abrió para mí y más o menos entendí lo que estaba pidiendo.

Relatos

“Los padres de Sherezade”, por Daniel Guebel, Eterna Cadencia Editora, Buenos Aires, 2008, 112 páginas.

Perfil

Daniel Guebel nació en Buenos Aires en 1956. Es periodista, editor, escritor, dramaturgo y guionista de cine. Entre otros libros, publicó Derrumbe, El día feliz de Charlie Feiling (en coautoría con Sergio Bizzio), Carrera y Fracassi, La vida por Perón, El perseguido, Nina, El terrorista.

Medio: historiasfugaces.blogspot.com/ 2009
autor/a de la nota: -
Libro: Los padres de She rezade
Autor: Daniel Guebel
EDITORIAL: Eterna Cadencia
link: http://historiasfugaces.blogspot.com/2009/01/los-padres-de-sherezade-o-el-encuentro.html

Los padres de Sherezade o el encuentro de Guebel con Borges

Festejo el último libro de cuentos de Daniel Guebel (de quien ya habíamos celebrado el desbordante Carrera y Fracassi). Un escritor amigo me dijo que una encuesta de Página 12 lo eligió el libro nacional del año, la verdad es que no pude dar con la edición electrónica de esa noticia. El último día en Buenos Aires lo compré en mi última incursión por la vieja Librería del Colegio, actual Librería de Avila. Lo leí de un tirón en el avión de vuelta a Madrid. Cuando terminé de leer Los padres de Sherezade tuve la sensación de haber leído a un Borges irreverente, desmesurado, algo chabacano (grosero y de mal gusto, para algunos con el que otros gozamos muchísimo), pero Borges al fin. Tal vez, un Borges en clave Chejov.

Siempre que pasa algo así, uno se pregunta si el eco que sintió estará justificado o será una simple ilusión de una errónea lectura desviada por algún elemento particular. Por lo tanto, después de Guebel fui a Borges, a Ficciones, a El Aleph, a El Informe de Brodie, a Otras Inquisiciones y me di cuenta que mi sensación estaba plenamente justificada.

Los sueños, los sueños que crean realidad y los magos (Wasili Fedor, en el caso de Guebel, el de las ruinas circulares en Borges), la inmortalidad (Liu Pao Lin en Guebel y El Inmortal en El Aleph), la erudición y la gala de erudición, el juego con los miles de lugares y autores existentes o inventandos, las 1000 y una noches y el origen de las 1000 y una noches (Los padres de Sherezade en Guebel y un montón de cuentos del maestro: El Informe de Brodie, Los traductores de las 1000 y una noches), las paradojas, las apariencias, el origen de la una novela (la Cartuja de Parma de Stendhal, en el caso de Guebel; infinitas en el caso de Jorge Luis), el cercano Oriente y Europa Oriental. Sospecho que con algo más de tiempo de relectura de Borges y de atención al conjunto de cuentos de Los padres de Sherezade encontraría más elementos de estos que conducen al autor de El Aleph.

Gracias Guebel por esos cuentos fantásticos y, también, gracias por regresarme a Borges.


Medio: pagina12.com.ar/ 25 de Enero de 2009
autor/a de la nota: Fernando Bogado
Libro: Los padres de She rezade
Autor: Daniel Guebel
EDITORIAL: Eterna Cadencia
link: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/libros/10-3334-2009-01-25.html

Las mil y una

Después de Derrumbe, Daniel Guebel vuelve al cuento con cinco piezas inspiradas en las lecciones de Sherezade.

Volvamos a un problema de escuela secundaria: ¿cuál es la diferencia específica entre una novela y un cuento? ¿Cómo se hace para establecer características privativas de un género y el otro sin recurrir a complejas definiciones cuando, en el fondo, nuestra necesidad infante de una definición absoluta no está satisfecha? Los padres de Sherezade, el nuevo libro de cuentos de Daniel Guebel, se aproxima peligrosamente al límite absoluto entre un género narrativo y otro, asumiendo en cada relato de los cinco que componen al libro, el reto de sugerir sin revelar una esencia literaria, en principio, imposible de alcanzar. Y claro, si hablamos de núcleos literarios lo suficientemente fuertes como para atravesar siglos, en algún momento tiene que aparecer inevitablemente Las mil y una noches, libro del cual Guebel extrae no sólo algunos personajes del trabajo final, sino una de las estrategias por las cuales el libro es ampliamente recordado (y revisitado): a la manera de las cajas chinas, de las mamushkas, cada historia contiene dentro de sí otra historia que rivaliza en importancia con respecto a la primera, como si los párrafos iniciales que ofrecen el marco de la anécdota inaugural fueran el pretexto más efectivo para ingresar en la segunda historia. El resultado es un dispositivo narrativo que, tal como en el relato de Sherezade y Shahryar, obliga a dejarse atrapar, a dejar con vida al cuento hasta la noche siguiente.

Las historias atraviesan como mínimo dos siglos (el XX y el XIX) y dos continentes (Europa y Asia). La fórmula de los jesuitas es un texto misterioso que tiene a Lenin viajando a la universidad jesuita más importante del mundo, ubicada en Lovaina, tratando de resolver la pregunta que lo mantuvo cautivo durante los primeros momentos de la conformación de su partido revolucionario: ¿Qué hacer? Un sueño de amor y El secreto de la inmortalidad tienen un mismo tema: el amor y las personalidades impostadas, espacios lícitos para el ingreso de la magia y sus muchas disciplinas (la alquimia, por ejemplo). La nariz de Stendhal recae también, a su manera, en la magia, pero con el afán de diseccionar que luego la ciencia convertiría en credo. Los padres de Sherezade, cuento que da título al libro, reduce el arte de contar algo a sus mínimos componentes, sólo para referir la misma historia una y otra vez: siempre habrá alguien que cuente, siempre alguien que lea o escuche.

Daniel Guebel regresa a los cuentos luego de su temprana publicación de El ser querido (1992). Con un tono borgeano que parece crecer hasta llegar al clímax del último relato, el libro logra convertirse en un despliegue de destreza narrativa que ahonda en los momentos huecos de ciertas biografías personales de las cuales la simple documentación profesional no puede dar cuenta: donde la historia calla, se erige el monumento literario. Lenin viajó a Lovaina, Stendhal a la actual Letonia: pero ¿a qué? He aquí la materia prima de una narración.

Guebel ha confesado que varias de sus últimas novelas –y también todos los cuentos de este volumen– son desprendimientos de un relato mayor que viene construyendo desde hace algunos años, obra inédita que cuenta con el sugerente título de El absoluto. ¿Qué es un cuento y por qué no forma parte de un momento en una novela? Con un nabokoviano primer título rechazado (Lecciones de literatura europea), Los padres de Sherezade cuenta con esa extraña virtud paterna de recurrir a una de las figuras retóricas por excelencia para poder dar a entender un punto de vista, para conformar el hambre por el conocimiento que los niños demuestran con la impaciencia del lactante: no hay mejor explicación que el ejemplo.

Medio: adncultura.lanacion.com.ar/ 14 de Febrero de 2009
autor/a de la nota: Pablo Gianera
Libro: Los padres de She rezade
Autor: Daniel Guebel
EDITORIAL: Eterna Cadencia
REF: http://adncultura.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=1098524&origen=acumulado&acumulado_id=6733

Historias interrumpidas

Apenas abierto Los padres de Sherezade , se descubre, con algo de perplejidad, que Daniel Guebel dedica el libro a su madre y a su hermana, "contadoras de historias". Tal vez esa dedicatoria propicie algunos malentendidos que suelen circular en la literatura argentina. Para despejar cualquier confusión eventual, habría que empezar diciendo que este libro no participa en absoluto de ciertas corrientes vitalistas que imaginan la mera experiencia como asunto para una ficción. Si hay en Los padres? una experiencia traducida en ficción, es la experiencia de la lectura, tan legítima y densa como la de los viajes, la política o el sexo, temas todos que aparecen en el libro pero filtrados, como en el cuento que da título al volumen, por lecturas y más lecturas. Escribir consiste, antes que nada, en leer. A Guebel lo apasiona esa manera patológica en la que un libro enloquece a otros libros, cuyos ejemplos más eminentes serían el Quijote , Bouvard y Pécuchet , de Gustave Flaubert, y la obra entera de Borges.

Los cinco relatos de este volumen (el primero de cuentos que el autor publica después de El ser querido , de 1992) son un auténtico dédalo de historias en cuyo centro espera el vacío. En rigor, una historia suele taparle la boca a la otra: empezada la primera, suele venir luego una segunda que interrumpe a la anterior. O bien, en el caso contrario, todo se trata de una anécdota mínima, sin desarrollo. Como "La fórmula de los jesuitas", episodio en la vida de un revolucionario futuro, en el que Lenin visita, con un disfraz de benedictino, un monasterio de Lovaina, ávido por adaptar la disciplina de los ejercicios espirituales a los ejércitos. O "La nariz de Stendhal", en el que el joven autor de Rojo y negro recibe una involuntaria lección de metafísica (y es además disuadido de la frivolidad de corregir su tabique nasal) dictada por el bárbaro cirujano y anatomista Vilnius Daugavpils.

"Un sueño de amor" y "El secreto de la inmortalidad", los dos relatos más extensos y también los más logrados, pertenecen a la órbita de las novelas Matilde (1994) y, sobre todo, Nina (1999), escenificaciones fantasmales, y habitadas por espectros, de las relaciones amorosas. Hay en ellos, especialmente en el segundo, un registro que parece evocar a ciertos escritores libertinos del siglo XVIII francés; no tanto al Marqués de Sade sino más bien al peligroso pudor de Choderlos de Laclos.

Pero, desde ya, el asunto de esas historias importa menos que el modo en que esas historias son puestas en palabras. La prosa de Guebel, una de las más virtuosas de la literatura argentina actual, manipula con extrema agilidad objetos pesados, como si esa prosa fuera un elemento acuático que les confiriera una inverosímil liviandad. Si algo buscan todos los personajes de Los padres de Sherezade es justamente lo inconmensurable, el "absoluto", variedad sublime del poder. Guebel parece haber sustituido su interés anterior en la construcción del poder por las vías místicas de acceso a lo absoluto, en un sentido espiritual, político o estético. Pero algo se interpone antes de que los personajes lo alcancen, y esa imposibilidad constituye en cierto modo una poética. Después de todo, la inconclusión puede ser también una meta del arte; acaso, contra toda evidencia, una de las más difíciles de conseguir. Como dice Davidov, el personaje de "El secreto de la inmortalidad": "Usted dirá: ?¡Pero esta es una historia sin final!´. ¿Y qué? Mi vida, señor, es una obertura inconclusa".

Medio: Inrockuptibles/ Enero de 2009
autor/a de la nota: Matías Capelli
Libro: Los padres de Sherezade
Autor: Daniel Guebel
EDITORIAL: Eterna Cadencia
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Medio: Revista XXIII, Zona Roja/ 26 de Febrero de 2009
autor/a de la nota: Diego Rojas
Libro: Los padres de Sherezade
Autor: Daniel Guebel
EDITORIAL: Eterna Cadencia
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Medio: Revista Ñ / 21 de Febrero de 2009
autor/a de la nota: Valeria Meiller
Libro: Los padres de Sherezade
Autor: Daniel Guebel
EDITORIAL: Eterna Cadencia
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p>Medio: lanacion.com.ar
autor/a de la nota: Silvia Hopenhayn
Libro: Los padres de She rezade
Autor: Daniel Guebel
EDITORIAL: Eterna Cadencia
link: http://www.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=1105097
Libros en agenda Para desesperar

Silvia Hopenhayn

lanacion.com| Opinión | Miércoles 4 de marzo de 2009

Medio: Qué pasa
autor/a de la nota: Gonzalo Maier
Libro: Los padres de Sherezade
Autor: Daniel Guebel
EDITORIAL: Eterna Cadencia
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