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DANIEL GUEBEL - El caso Voynich

Libro: El caso Voynich
Autor: Daniel Guebel
EDITORIAL: Eterna Cadencia

Medio: blog.eternacadencia.comar*.com
autor/a de la nota: P.Z.
Libro: El caso Voynich
Autor: Daniel Guebel
link: http://blog.eternacadencia.com.ar/?p=5019

:: Entrevistas ::
El doble
06-11-2009 | Daniel Guebel

Daniel Guebel habla de la reciente edición de El caso Voynich (Eterna Cadencia) y Mis escritores muertos (Mansalva).

Por P.Z. Fotos: Lucio Ramírez

–En Argentina, la fertilidad literaria es un defecto –dice Daniel Guebel–, porque hay un mito prevaleciente, que es el del libro parido con dificultad, fruto de la transpiración, la soledad y el encierro, y que en realidad ilustra uno muy anterior, el mito alquímico de la condensación y la transmutación del barro en oro.

daniel guebel

Toda entrevista con Daniel Guebel supone un desafío perdido de antemano. Uno nunca tendrá la certeza de si reponde en serio o juega al gato y al ratón, donde él, por supuesto, es el gato. Ejemplo: “¿Sos peronista? Cuando me lo preguntan digo que no, cuando lo afirman digo que sí”. En este caso, el desafío -y por consiguiente la derrota- es doble: como un capricho del destino, casi simultáneamente salieron las novelas El caso Voynich por Eterna Cadencia Editora y Mis escritores muertos por Mansalva. En una se interna en el misterio de un manuscrito medieval, en otra aborda el recuerdo de dos amigos: Héctor Libertella y Jorge Di Paola. Pero, rápidamente se comprende que ni el primero es un texto sobre el misterio ni el segundo sobre los escritores. Entonces, qué son.

En un doble juego, Guebel es capaz de comprimirse y extenderse. Y desvanecerse: en El caso Voynich, llegado el momento, afirma que muchas de las páginas se corresponden casi textualmente con páginas de internet de dominio público. La obra del escritor se funde hasta que los límites del escritor se desvanecen.

- Mientras escribía El caso Voynich, no podía dejar de imaginarme siendo objeto de un juicio en tribunales, en el que un señor desconocido, autor de una página de Internet, pretendía probar que yo me había apropiado ilegalmente de su artículo. En ese litigio imaginario, yo articulaba mi defensa presentando ante el juez una cantidad de impresiones de Internet, demostrando que para este libro yo había utilizado una infinidad de textos, más una equis cantidad de libros que también tenía apilados en mi estantería. Desde luego, mi defensa era una autoincriminación, pero en rigor era también una reivindicación de las potestades y autonomías de la literatura y de la tradición de reescritura, apropiación, plagio, incluso copiado y pegado literal, que se volvió sospechosa desde que el capitalismo y la tecnología eliminaron las ventajas del mecenazgo feudal a cambio de un siempre dudoso rédito producto de la “propiedad intelectual” y los “derechos de autor”.

En el libro se percibe la influencia borgeana. Vos también mencionás a Eco. A mí también me hacía acordar mucho a Otra vuelta de tuerca: no hay aproximación a la verdad, como si corrieras hacia un horizonte que se aleja.

Hay una diferencia en lo que planteás. En James el problema es el punto de vista y en este libro el problema es la realidad. El sistema de James es el sistema de la información y el escamoteo, la alusión elusiva. Acá, en cambio, todo el tiempo está todo dicho. La información no se esconde, los hechos se cuentan uno atrás de otro, aunque haya saltos en el tiempo e informaciones complementarias, como rulos de la historia. En rigor, en el libro lo único que no aparece es una interpretación taxativa acerca de la autoría de los crímenes: las muertes de Goldefer, Strong, Newbold…

Eco: en su momento leí El nombre de la rosa –leí incluso con más interés El péndulo de Foucault– y lo que me interesó fue el sistema de la novelística desprendida del policial que se convierte en una máquina paranoica (lo que en el fondo es siempre un policial). La construcción es la búsqueda de sentidos y el sentido es una especie de infinito metonímico, algo que se desplaza, se desplaza, se desplaza. Eco es como un atleta que logró una empresa deportiva: poner en literatura el proyecto de un director que filmó “Borges para millones”, película que por supuesto no debe haber visto nadie. Eco consiguió un manual de divulgación borgiana, un Borges policial y didáctico, lo cual no está en absoluto lejos de los intereses de Borges.

En realidad, mi movimiento es distinto. Yo tengo un interés marcado por los fenómenos masivos de la cultura contemporánea, pero, al mismo tiempo, mi mirada sobre esos fenómenos es completamente lateral. Se publica El código Da Vinci y es un fenómeno de ventas. Pero yo no lo leo, ni veo la película, pero cuando alguien me dice que lo está leyendo, le pido que me cuente de qué se trata. Entonces cuando escribo El caso Voynich –o, tal vez, algún otro libro– procedo de manera desviada y sintética.

¿El caso Voynich podría haber sido un bestseller?

Seguro, pero eliminé todos los elementos que configuran un bestseller. Empezando por la extensión. Aquí, los personajes son nombres, las ideas no están encarnadas en sujetos, la aventura es minúscula. En El caso Voynich, el verdadero acontecimiento es la historia entre real y ficticia de las peripecias interpretativas que sufre un manuscrito presuntamente centenario. No hay cuevas, no hay crímenes visibles, ni monjes barbudos ni castrados ni vírgenes ni milagros. La deriva no tiene cierre, el libro podría continuar infinitamente. Simplemente se interrumpe en algún momento, y porque el decurso temporal lleva la historia “real” del manuscrito hasta el presente.

Prescindiendo del posible hartazgo del lector, trabajo los textos de acuerdo a lo que creo es su lógica interna. La lógica interna de mis textos en general es construir un procedimiento (una maquinaria narrativa). Una vez que esto ocurre, acelero la marcha hasta que esa máquina se enloquece, vuelve visible su funcionamiento y se extingue por agotamiento, dejando como un resto que flota: el infinito de continuaciones posibles, la potencia de lo no realizado. Puede ser que el lector haya abandonado el libro o puede ser que se quede esperando más. Pueden ingresar a mi página y contarme sus impresiones.

¿ El caso Voynich vuelve paradigmáticos los procedimientos en tu literatura? Cito: “el manuscrito transmitía una sensación de coherencia interna”.

Para mí es un libro sobre la producción de los valores en la cultura: un libro sobre cómo se construye un misterio y sobre cómo ese misterio adquiere sentido y valor. La construcción del sentido es lo propio de lo humano. ¿Será la explotación de los sentidos del sentido una forma del humanismo?

daniel guebel

Me sorprende que los últimos libros hayan surgido como brazos o afluentes de su novela inédita El absoluto.

El absoluto es mi libro más vasto. De él se desprendieron, entre otros, El caso Voynich. Yo daba por hecho que El absoluto condensaba la diversidad de procedimientos que había empleado en distintos libros, o sea que era un libro a la vez que resumía y expandía, mi Lerú universal. Si uno se pone ambicioso, los procedimientos de la escritura, en el fondo, reflejan al mismo tiempo el sístole y diástole del corazón y los movimientos del universo. La frase que se expande, la frase que se achica. El libro que se estira, el libro que se condensa. Haciendo una comparación forzada y olvidando por un momento el detalle de la calidad, Borges y Eco son un sístole y un diástole.

¿Como una frase y una respuesta?

No: Borges trabaja como un miniaturista y Eco es un expansor. Mientras iba escribiendo El caso Voynich por desvíos laterales me encontraba con cosas que Borges debió de haber leído para escribir lo que escribió. Esas cosas en la búsqueda, entre otras tantísimas, me remitían también a Eco y Eco me remitía a… Y así sucesivamente. El que en mi El caso Voynich busque la historia total del Manuscrito Voynich –suponiendo que haya alguien que se enteró de la existencia de ese libro- no la va a encontrar. Pero a cambio va a encontrar hipótesis verosímiles y disparatadas no contempladas en todo el caos ciberespacial que frecuenté. Tampoco va a encontrar mi hipótesis sobre la autoría del manuscrito que tengo, que creo es la cierta y que no vi formulada en ningún lado. Ofrezco todo un mundo de ficciones e hipótesis pero me reservo una verdad conjetural.

Si la hubieses puesto, descuajeringabas el libro. La historia es centrífuga, y poner una razón…

Exacto.

Comprobaciones no tengo, comprobaciones no hay. Pero lo que hay forma parte del mismo circuito de interpretación delirante que sostiene la creencia en el Santo Sudario, en la lectura en clave del fin del mundo a partir de los horóscopos maya o de la lectura computacional de la Kabbalah que permite encontrar los nombres de los asesinos del premier de Israel y los autores del atentado del 11 de septiembre.

Me llamó la atención que en El caso Voynich hayas escrito que una mina era un bagayo o la frase “le puso un candil delante de la jeta”. ¿Cómo funcionan esas palabras? ¿Es para romper el discurso?

Eso tiene que ver con el movimiento de la lengua. Supongamos que El caso Voynich es un trabajo de orfebrería y de cristalización de una lengua académica falsa. Aún siendo falsa, hay algunos momentos en que yo quiero pegarle un puñetazo y romper el vidrio para que el lector, o yo mismo, se asome a otra cosa. Las fracturas del lenguaje muestran astillas de un mundo que está afuera y que de pronto ingresa.

No tiene ningún sentido pensar una lengua pura, digamos: sería un sueño nazi como tantos otros. El más alto estilista de la lengua española del siglo XX, me refiero a Borges, porque parece que sólo se espera que hable de Borges….o es el único autor que hoy me vuelve a la boca… A Borges lo leés con un poquito de distancia y de golpe ves que en medio de textos refinadísimos procesa letras de tango, chistes malos. Su estilo se apropia y refina el cambalache. Mi procedimiento sería el opuesto: incorporar la vulgaridad, como un cachetazo de vieja.

Pensé que podía significar que todo era un chiste.

También, sí. También es un elemento, la peste de la ironía, que como escritor todavía me habita, como si estuviera en situación de creerme mejor o distinto de alguien. En el libro, en la parte donde se hace un resumen o una actualización final de todas las interpretaciones posibles (hasta el momento) sobre el sentido del Manuscrito Voynich, una de las palabras que aparece es “frastraslafra”, creo que lo decía Fidel Pintos, que es la palabra inventada para otras palabras inventadas como “sanata”, o, más bellamente, el “verso”.

De todas maneras, para no tratarme tan mal a mí mismo, diría que en El caso Voynich hay un elemento real, inobjetable, que es la existencia del manuscrito, cuya existencia se prueba en esta edición de manera literal y hasta pueril, reproduciendo algunas de sus páginas. La aparición de fragmentos de Manuscrito Voynich real opera en dos sentidos. Primero, era un buen pretexto para que mi hija pudiera mirar algo mío, ya que no leerlo, y mostrárselo a sus amiguitas del colegio. “¡Miren lo que hizo mi papi!”. Claro que ella sólo puede mostrar de verdad lo único que yo no hice: las ilustraciones. Después pensé que algún lector iba a poder descansar de la lectura de El caso Voynich mirando páginas del manuscrito y volviendo después a ese misterio que se continúa. Cualquier lector puede decir: “este libro me está contando lo que yo puedo ver en los fragmentos que publica después”.

Pero no es lo mismo.

No es lo mismo, pero al mismo tiempo es un efecto de duplicación. Eso tiene que ver con algo que hay en el libro sobre lo que no he podido reflexionar de manera suficiente, pero veo que aparece de manera recurrente en mi literatura, que es el tema del doble. Marci y Kircher, Lulio y Abulafia, Voynich y Kraut.

Carrera y Fracasi. Perón y el muerto. El perseguido… ¿Qué es ese doble?

No tengo la menor idea, pero es algo que aparece de manera constante en mis textos y que en algún sentido los construye. Supongo que es la función del diálogo. El diálogo se construye con otro y al mismo tiempo el otro sólo es pretexto del diálogo verdadero que es el soliloquio posterior a la conversación. O sea: el modo en que los temas puestos sobre la mesa repercuten en la fantasmática de la persona involucrada. Me acuerdo en mis lecturas juveniles de Cortázar, Traveler y Olivera, Calac y Polanco, había algo del doble que estaba siempre. A mí me fastidiaba porque Cortázar construía una especie de teoría vanidosa sobre el doble y el acto del pasaje. Y en vez de decir “doble” decía “doppelgänger”. Como buen nacionalista argentino y católico, yo detestaba la utilización de jerga foránea, sobre todo porque “doppelgänger” suena como un nombre pretensioso para una especie perro salchicha, y en cambio la palabra “doble” es bella y precisa.

¿Cómo funcionan en El caso Voynich las preguntas que se hace el narrador y las notas al pie?

En este libro toda interrogación es una forma de agregar conjeturas, versiones, expandir el sistema de las versiones. Construir un universo.

Ese universo se expande con un sistema asertivo profesoral, con un sistema interrogativo que incluye conjeturas de difícil comprobación y que se vuelven de comprobación aún más difícil porque están formuladas como preguntas más que como afirmaciones, y encima con notas al pie. Es decir: no alcanza con el cuerpo principal del texto que encima hay que desviar porque hay que decir más, más, más. Eso puede ser una proliferación infinita donde una nota al pie remite a una llamada. Eso lo hizo más extensamente Walsh en “Nota al pie”, aunque en su caso el resultado sea más bien previsible y melancólico.

Mis escritores muertos también tiene notas al pie. En realidad una única nota al pie: ¿cómo funciona?

En Mis escritores Muertos, esa nota al pie es central, y por eso es la única. La nota al pie cierra las dos primeras páginas de ese libro, que son una especie de teorización acerca de un sistema de valor, que el narrador sostiene, y en el cuál la verdad y la sinceridad, el “decirlo todo”, resultarían literariamente de un valor superior al que posee la literatura que oculta información y reserva sentidos para producir luego un efecto de revelación súbita. La nota al pie teoriza ambas posiciones y elige la primera, desde luego. Ahora bien, el resto del texto, después de decir que la teoría del iceberg es una pavada, construye un relato donde lo único que hay es un cuento icebergeriano.

O sea: es un relato que contradice su sistema de afirmación. Más allá de cómo lo lea cualquiera, este relato no tiene sentido si esa máquina no chirría. Mis escritores muertos es una máquina chirriante de producir afirmaciones que el texto desmiente. Primero el texto parece ser una semblanza personal mía, de dos escritores amigos míos que murieron, y cuya obra yo, personalmente, considero fundamental para entender la literatura argentina contemporánea, pero esa semblanza sólo empieza y se queda en esbozo, sólo sirve como introducción, como pinino para construir una teoría de la literatura que el relato falsamente costumbrista y en realidad fantástico desmiente en su factura, relato que a su vez se cierra con una especie de nueva semblanza literaria que lo que cuenta es cómo mutan las cosas.

Una sola cosita que hermana El caso Voynich y Mis escritores muertos. En Mis escritores muertos también hay una pregunta por el sentido de las afirmaciones, el texto todo el tiempo trabaja una afirmación y su desmentida: me gusta el cine, no me gusta el cine; el cine no tiene importancia y en realidad amo a Tarkovsky a Sokurov. También trabaja como El caso Voynich el sentido de las afirmaciones, lo pone en juego: ¿qué están diciendo las mujeres mientras están hablando?, ¿cuál es el sentido oculto?, ¿está el sentido oculto inscripto en sus cuerpos?, ¿podrían ellas leer el sentido oculto inscripto en sus cuerpos, leerlo literalmente o de manera invertgida?, ¿qué significa esto que me está diciendo esta mujer?, ¿en qué se está convirtiendo esta mujer?, ¿es una mujer?, ¿qué es una mujer? y ¿cuál es el sentido de la enseñanza de Libertella y Jorge Di Paola, qué se lee de lo que ellos hicieron y dijeron de la literatura argentina? Esas son las preguntas que formula y no responde Mis escritores muertos.

Lo que pasa que siempre que te leo siento que no tengo de dónde asirme. Cuánto es cierto, cuánto de vos está metido adentro.

Es una de las zonas que vengo trabajando desde Derrumbe. Lo real de los hechos y las versiones de los hechos van al cajón de la literatura. La discriminación es imposible. Además no importa. En Mis escritores muertos, la primera persona parece ser idéntica a la del autor, pero el yo del autor, mi firma, mi nombre, es lo único que no aparece en todo el texto. No soy nombrado, y cuando aparece el nombre de los participantes, de la visita a Di Paola en Tandil no aparezco. O sea que la serpiente se encuentra con un fantasma.

Hablás de la memoria y la ponés en duda. Hace un par de semanas, Schmucler dijo en una charla que la memoria siempre es verdad. “Si recuerdo algo lo recuerdo como verdadero”.

No necesariamente es así. Yo, cuando recuerdo algo, lo recuerdo como si fuera parte de un sueño. Incluso la memoria ajena, cuando me atañe, me desconcierta. Soy incapaz de reconocer cualquier anécdota contada por otro que me incluya. Siempre digo “¿Yo hice eso? Seguro que no”. Parece una buena estratagema con las mujeres, me libra de toda responsabilidad. Pero en realidad es un síntoma. En Mis escritores muertos hay algo del texto fantástico en el sentido de que las cosas se desplazan: una carpa que no se sabe si está o no está, se mueven de lugar, la piedra movediza que no se sabe si es una piedra o es un huevo, el narrador que no se sabe si soy yo, la mujer que es y no es mujer. Como El caso Voynich, como Los padres de Sherezade, es un libro sobre las transformaciones.

¿Como El absoluto?

Como El absoluto. No es que yo esté escribiendo mi propio I Ching, mi propio libro de las mutaciones –o tal vez sí!-… pero me parece que el proyecto literario que sostengo desde mi comienzo como escritor ya está formulado desde La perla del emperador. Para mí no tiene ningún sentido escribir un libro –y hasta leer un libro– donde los personajes por el mero hecho de su identidad nominal siguen siendo exactamente iguales desde el inicio hasta el fin. La lógica de los hechos tiene que transformar a los personajes y viceversa. Es decir: la escritura es un acontecimiento y el acontecimiento transforma aquello que toca y aquello que implica. Por lo tanto la literatura está afuera de los procesos lógicos.

La literatura forma parte del sistema de los hechos dinámicos y no de los hechos lógicos. La literatura está fuera del principio de identidad y del principio de no contradicción. Por eso soy en términos de políticas estéticas soy adversario de los autores que dicen “he descubierto mi zona y no me muevo de esa zona”. Naturalmente cualquier otro podría denunciar que mi propia posición es una zona en sí misma, lo que pasa es que no me queda más remedio que creer, por formularla yo, que abarca territorios más amplios.

Yo quiero escribir libros que hagan pensar al que los lee “pero este escritor se ha convertido en otro”. Al mismo tiempo, contradiciéndome alegremente, tengo que reconocer que hay libros míos que no son más que reescrituras de libros anteriores. Es decir, trabajo en tres niveles: repetición, diferencia, y serie.

Lo que no implica que no te puedas haber transformado.

Pero, para ser riguroso, si un pretende ser una especie de profeta de la diferencia, también debería hacerse cargo del efecto de repetición.

Está bien, pero en ese sentido estás escapándote del estilo, no del tema.

Es un distingo pertinente, pero yo no sé si lo que podríamos llamar mi estilo… es un estilo. En todo caso, mi estilo no es el que “aparece” en cada uno de mis libros, sino la historia de sus variaciones en el conjunto de todos ellos.

Después de haberte internado en el mundo de internet, ¿cómo salís? ¿Te interesa seguir explorando?

Sí, completamente.

¿Te cambió internet?

No: simplemente me permitió escribir un libro. El azar de las lecturas podría haberse producido en relación a cualquier otra cosa. Yo estaba dispuesto a escribir El caso Voynich porque en mi novela El absoluto estaba trabajando “en zona”. De golpe, el Voynich se disparó como una especie de digresión sobre eso.

Pero si el Estado hubiera sido particularmente proveedor o protector conmigo me habría designado Director de la Biblioteca Nacional y yo estaría rodeado de libros donde probablemente el sistema es el mismo. Internet tiene el rasgo de la novedad y por lo tanto tiene una carencia de prestigio académico y un plus de prestigio tecnológico que compensan, de alguna manera, las limitaciones y parcialidades de su información. Ahora bien, como yo soy escritor no me interesa la exactitud académica ni la veracidad de las afirmaciones: me dan lo mismo. Sólo las uso a mis propios fines.

Pero como en internet todo aparece de manera fragmentaria, las búsquedas son siempre laterales, está más en relación a la captura de sentidos parciales y contradictorios. Por eso lo digo claramente en la nota del autor. Si yo hubiera encontrado un libro completo sobre el Manuscrito Voynich, en el momento que aparecía la referencia aparecían todas las respuestas y yo no tenía nada que investigar.

Internet permite un menor nivel de profundidad en la investigación pero ofrece excelentes perspectivas para la deriva en la búsqueda y la instantaneidad del endcuentro. La búsqueda en bibliotecas, aunque uno pueda capturar un objeto y encontrarse con esa totalidad, es lentísima. Tenés que ir a la biblioteca, esperar a que te entreguen el libro, tenés que sentarte a leer. En internet hay un efecto de instantaneidad y hasta de simultaneidad que tiene que ver con la velocidad de los procesos mentales. Es más realista. Creo que en El caso Voynich aposté a esa especie de nuevo realismo literario. Tiene que ver con una especie de realismo psíquico. La velocidad de la escritura, la velocidad de una captura de información, metafóricamente es homologable a la velocidad de los procesos mentales de cada persona. Hay velocidades de procesos mentales que a su dueño sólo le permiten encender una moto con escape abierto.

Mirando a las próximas historias, ¿qué temas estás pensando abordar?

Ninguno: terminé un libro ahora y no sé qué escribir. Se me terminó un ciclo.

¿Con El absoluto?

Sí. Aunque haya tenido una estribación. Antes de terminar El absoluto escribí un libro sobre determinadas cuestiones del peronismo, son dos novelas cortas, un cuento y una obra de teatro. Eso es como un desvío. Después terminé una especie de de Derrumbe, hiperquinética, hiperbólica y demencial. Me parece que se me cumplió un ciclo. El ciclo que nace con El absoluto, donde estoy escribiendo El absoluto y las novelas que se desprenden de El absoluto.

¿Derrumbe forma parte de ese ciclo?

Sí, claro. En el plan de El absoluto – el libro no se desvió mucho del plan, aunque sí tuvo infinidad de matices internos–, la última parte la narración la llevaba una mujer, la hija que contaba el modo en que se hacía cargo de su padre. Ese era el plan con que termina El absoluto. Casi la totalidad del primer proyecto incluía eso, una especie de versión de Edipo en Colona. Edipo, ya viejo y ciego, vuelve a morir a Tebas llevado o arrastrado por su hija Antígona. Eso que era el eje del plan, en El absoluto se resuelve en las 10 últimas páginas. Pero el asunto reverberaba en mí de una manera particular, y antes de sentarme a escribir esa última parte que sólo escribí este año, escribí Derrumbe, donde invierto el procedimiento y es el padre el que habla de la hija. La hija llevando el padre: acá el padre quiere retener a su hija y no puede, y sólo puede decirle lo que la extraña y lo que la ama..

Derrumbe, El caso Voynich, Los padres de Sherezade. Son como gajitos de El absoluto.

Tajitos, claro.

No: gajitos. Como si

Son expansiones que me permitieron escribir El absoluto, un libro por el cual hasta abandoné el trabajo que tenía. De golpe la semana pasada tuve la impresión de que ese ciclo se cerró. Sin eso, ya sólo queda lo que soy, que no sé bien qué es.

Medio: Veintitrés
autor/a de la nota: Daniel Guebel
Libro: El caso Voynich
Autor: Daniel Guebel
link: --

El caso Voynich

Medio: ADN Cultura, Lanacion.com
autor/a de la nota: Martín Lojo
Libro: El caso Voynich
Autor: Daniel Guebel
link: http://www.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=1209323

Crítica de libros / Narrativa argentina


Daniel Guebel
Foto: DIEGO SANDSTEDE

El caso Voynich
Por Daniel Guebel
Eterna cadencia
120 páginas
$ 48
Mis escritores muertos
Por Daniel Guebel
Mansalva
64 páginas
$ 30
A contrapelo de la moda novelística que busca enigmas ocultos en códices y descendencias divinas para develarlos con artilugios más o menos pueriles, Daniel Guebel recurre al misterio para intensificarlo en una máquina de imaginación literaria.

A primera vista, El caso Voynich es un ensayo sobre el manuscrito que el librero Wilfryd Voynich descubrió en 1912, en la biblioteca del colegio jesuita de Mondragone, cerca de Roma. Confeccionado entre los años 1450 y 1520, el documento muestra imágenes de extrañas plantas, constelaciones y mujeres desnudas en estanques de tinta conectados por tuberías, y un texto escrito en una lengua desconocida, de estructura similar a la de las lenguas naturales, pero imposible de descifrar a pesar de los esfuerzos de lingüistas y criptólogos. Guebel indaga el caso en todos sus detalles: la atribución de la autoría del manuscrito a Roger Bacon y a John Dee, el recorrido del texto desde las manos del rey Rodolfo II de Bohemia hasta Mondragone, los afanes de los interpretadores desde su aparición hasta el presente y las hipótesis sobre su significado. El manuscrito puede ser un texto alquímico, un catálogo de semillas africanas, un libro pornográfico codificado para huir de la censura, la clave de una operación de espionaje o una estafa del propio Voynich. Mientras que el relato avanza en una búsqueda paranoica de sentido, los hechos "reales", tomados en su mayoría de Internet, son capturados por la literatura: encontramos el manuscrito arrumbado en una biblioteca sobre los escritos de Hafen Slawkenbergius, un personaje ficcional del Tristram Shandy, de Stern; o notamos que el último poseedor del texto, el agente de Bolsa Hans Kraut, muerto en 1987, discute la veracidad de un texto firmado en 2005.

El sentido del manuscrito Voynich permanece oculto, pero no sus efectos. Kraut deja sus ocupaciones bursátiles y se transforma en un especialista en la cábala mística, lector de Abraham Abulafia y Raimundo Lulio. En un anaquel de la biblioteca de Munich, el manuscrito se separa de los otros libros con una distancia de más de diez centímetros. Una hipótesis mayor irrumpe: quizá el secreto del Voynich no sea su sentido oculto sino su "sentido plano". Un texto que intenta decir lo incomunicable en el lenguaje en que eso se expresa, "como el sueño o el dibujo de los bosques o las líneas de la mano". El Voynich sería entonces poesía de la pura forma, un texto cuyo poder se trama en la tersura de su superficie.

Sobre esta literatura que se aleja de lo ya escrito a partir de su forma trata Mis escritores muertos, libro en el que Guebel recuerda a Jorge Di Paola y Héctor Libertella. Lo que comienza como una crónica de la última visita a Di Paola en un viaje a Tandil resulta una delirante deriva narrativa guiada por la asociación formal. Del relato en primera persona del movimiento infinitesimal que produjo una estrepitosa caída frente a una morocha misteriosa, Guebel pasa a la historia de la caída de la Piedra Movediza de Tandil a un lago artificial, donde se transforma en el huevo del que surgirá el Tandilito, monstruo turístico de la zona; relato en el que resuena la asociación monstruosa entre las prótesis de acrílico que separan los dedos de los pies de la morocha y una escalofriante glosa de "La sirenita", de Andersen. Vanguardistas de la prosa, Di Paola y Libertella utilizaron los géneros literarios, los juegos verbales y las ideas para crear textos en los que la escritura es iluminadora y el sentido permanece inasible o vacío. Guebel continúa ese linaje con una narrativa que avanza de peripecia en peripecia a través del puro enlace formal, indiferente al "sentido profundo", buscando, hasta agotar sus materiales, un movimiento que lo acerque a lo nunca escrito.

Los amantes de los relatos lineales encontrarán resistencia en estos libros, destinados a quienes encuentran placer en la proliferación del sentido y en la felicidad de la literatura de un autor ocupado por los rodeos de un viaje intenso más que por el reposo del destino final: un artista del procedimiento.

© LA NACION

Medio: diarioperfil.com
autor/a de la nota: Analia Hounie
Libro: El caso Voynich
Autor: Daniel Guebel

cultura
entrevista con daniel guebel
“Me siento expatriado, cómodo en los vaivenes”
Escritor, guionista de cine, dramaturgo y editor, Guebel habla aquí de la publicación de su última novela, “El caso Voynich”. Alejada tanto del rigor histórico como de las elementales reglas que conforman un best seller, el último libro del autor de “Los padres de Sherezade” se ocupa de la exégesis o la fabulación de algunos de los sentidos posibles del enigmático manuscrito Voynich, descubierto a principios del siglo XX en un monasterio italiano.

Daniel Guebel

Principios del siglo XX. El exiliado ruso Wilfryd Voynich, dueño de una tienda en Londres de libros raros y hermosos (“los comunistas aspiran siempre a difundir lo excepcional”), descubre en un monasterio italiano un misterioso manuscrito medieval. Después de concluir que está escrito en una lengua ignota, envía algunas fotografías a diversos especialistas, desatando una cadena de investi-gaciones e hipótesis acerca de su contenido y autor.
¿Es un herbario, un manual de alquimia, un tratado de metafísica, un mapa de las constelaciones celestes, un código cifrado para transmitir mensajes extraterrestres, una criptografía para espías ingleses o un fraude moderno?
¿Quién escribió esta obra inasible? ¿Roger Bacon, Abraham Abulafia, John Dee, William Shakespeare, el arcángel Uriel, el propio Voynich o un genio secreto? “Su valor está siempre en suspenso”, comenta Daniel Guebel, “depende de la atribución de sentido que le hace la infinidad de personas que lo van interpretando a lo largo del tiempo”.
—En la nota de autor que cierra “El caso Voynich” y que es toda una declaración de principios estéticos, confesás que más de un párrafo de esta novela fue copiado textualmente de páginas de Internet. ¿Suscribís a la formulación beckettiana: “¿Qué importa quién habla?”?
—Suscribo… sólo cuando ya estoy enterrado en la lectura. Lamentablemente, como en el resto de las cosas de este mundo, el apellido de un autor funciona como una marca, y esa marca garantiza o legitima las operaciones estéticas que se realizan dentro del libro; de hecho, incluso, las determina. Es como si el criterio estético fuera un a priori que nunca se pone en juego. Para dar un ejemplo simpático: cuando publiqué mi primer o segundo libro, le pregunté su opinión a un conocido autor de la época. Fogwill me contestó que si lo hubiera firmado García Márquez todo el mundo habría salido a decir que se trataba de una genialidad, pero como lo había escrito un don nadie, la conclusión iba a ser que era una mierda. Pasó tanto tiempo que la anécdota puede haberse vuelto apócrifa, y tal vez la palabra “genialidad” sea sospechosa. Pero no por nada en La Salada, los productos falsificados llevan etiquetas de marcas de primer nivel: hasta lo visiblemente falso se ve impulsado a presentarse con un sello de garantía.
—¿Crees que la patria de adopción de la narrativa contemporánea es Google, una oferta de azar y combinatorias, como decís, que sustituye las enciclopedias y las bibliotecas mejor formadas?
—¿Ayer la literatura del yo, hoy la del ciberespacio? En cuanto a mí, me siento perfectamente expatriado, cómodo en los vaivenes. Tengo la esperanza de que nada de lo que escribí hasta hoy anticipe mis libros del futuro. Google… Google es una versión actualizada de la Enciclopedia Británica que saqueaba Borges. La inmediatez en el salto de páginas ni siquiera es distinta del efecto que produce la deriva de una lectura con notas al pie, su sistema de remisiones.
—¿Cómo opera en esta trama de ficción y realidad la reproducción de fragmentos del manuscrito Voynich que acompaña al libro?
—Esa reproducción cumple dos funciones. La primera, que mi hija pueda mostrarles a los compañeritos del colegio que un libro del papá tiene bonitas ilustraciones. La segunda, confundir o aclarar el panorama del lector, que no sabe si está leyendo una novela o un ensayo. De acuerdo a su predisposición, creerá que el manuscrito existe porque gracias a la separata del libro puede repasar algunos fragmentos de la lengua artificial voynichesa, o dará por hecho que el libro es inventado y que para reforzar su verosimilitud me tomé el trabajo de dibujar esas plantas inexistentes, esas constelaciones imagina-rias, esas mujeres conectadas a tubos en una orgía de sexo o de sangre.
—¿Cuál es tu hipótesis sobre la autoría y el contenido del manuscrito?
—Suponiendo que el manuscrito Voynich no sea un libro imaginario… suponiendo que yo no planté en Internet las pruebas (falsas) de su existencia sólo para justificar después la escritura de mi libro… dando por hecho que el libro existe: ignoro el significado de esa lengua artificial. Leyéndolas, uno puede sentirse inclinado a creer que, más allá del sentido posible, expresan una tensión de la letra por disolverse en sonido, por multiplicar la posibilidad de la interpretación en la serie de combinaciones: el punto donde la mejor literatura apunta a la música y a las matemáticas, no a la idiotez del género policial. Algo que gira y circula eternamente.
Supongo que pienso en eso cuando pienso en transformaciones: no la acumulación de informaciones para producir una comprensión final, sino el lenguaje como acontecimiento instantáneo, sucesivo, interminable. Es el punto donde el genio habla en arameo y se entiende perfectamente con un idiota babeante: el sueño puesto en acto de la vanguardia. En cuanto a la autoría del manuscrito Voynich, por supuesto no sé quién lo escribió, pero tengo una sospecha, que concebí después de escribir mi novela, y que no pienso revelar.

Medio: Pagina12.com
autor/a de la nota: Silvina Friera
Libro: El caso Voynich
Autor: Daniel Guebel
link: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/espectaculos/4-16887-2010-02-08.html

Cultura & Espectáculos
Lunes, 8 de febrero de 2010
LITERATURA › ENTREVISTA AL ESCRITOR DANIEL GUEBEL
“Quise llevar al extremo la cuestión del sentido”

Daniel Guebel
Guebel, un autor prolífico: acaba de terminar su anunciada novela El absoluto.
Imagen: Jorge Larrosa

En su nueva novela, El caso Voynich, el autor utiliza la historia de un pergamino medieval, cuya autoría se desconoce, como disparador de múltiples conexiones, artificios e interpretaciones, que llegan inclusive a entreverarse con la vanguardia literaria argentina.
”El misterio es como el poder: un agujero al que se precipitan tanto los sabios como los idiotas que quieren ser útiles a la humanidad.” La frase pertenece al narrador de El caso Voynich (Eterna Cadencia), de Daniel Guebel, tal vez su obra “más borgeana”. La enfebrecida combinatoria entre ficción y realidad convierte al conjunto –las tres partes, más addenda, epílogo y nota del autor– en una novela que plantea, de manera radical y enloquecida, el sentido del texto, el hecho estético como la inminencia de una revelación que no se produce, siguiendo a Borges. Gracias al azar de esa maravillosa usina llamada Google –pariente “en bruto” de la Enciclopedia Británica–, Guebel se desayunó con una historia real “servida en bandeja”. A principios del siglo XX, el exiliado ruso Wilfryd Voynich, dueño de un negocio de libros raros en Londres, encontró en un monasterio italiano un enigmático manuscrito del siglo XVI. Lo que tenía entre manos podría ser un manual medieval de alquimia o de magia. La única certeza, después de revisar de punta a punta el indescifrable pergamino, es que estaba escrito en una lengua desconocida. Tomó fotografías de cada una de las páginas y envió las copias a especialistas. La investigación multiplicó las versiones sobre el contenido y la autoría. Se trataría de un mapa de las constelaciones celestes, escrito por un sobreviviente devoto de antiguas sectas druídicas, o de un modesto catálogo de semillas africanas. También podría ser el resultado de un experimento cabalístico, un código cifrado para transmitir mensajes, una criptografía para espías ingleses, el más perfecto fraude moderno. Los padres de la criatura fueron Roger Bacon, Abraham Abulafia, John Dee, William Shakespeare, el Arcángel Uriel, el propio Voynich o un genio secreto.
¿Qué hizo Guebel con la historia de este pergamino medieval que no es una fantasía de Tolkien? Llevar agua al molino de sus obsesiones literarias, abismar las interpretaciones, explorar las conexiones, generar un artificio para otro artificio, sin ningún interés en revelar el misterio, someterse con devoción al culto de la literatura y postular que “el manuscrito es la fuente donde abrevaron Rabelais y Sterne, es la versión extrema, ¡inventada en el siglo XV! del monólogo interior de Molly Bloom”. Seguir en esa cuerda vibrante y añadir que la radical ilegibilidad de ese manuscrito “es la clave de la literatura del futuro”; y al final, en la pirueta del epílogo, encontrar posibles cómplices argentinos en Xul Solar y Macedonio Fernández.
“Trabajé con información azarosa, contradictoria, complementaria. En la Enciclopedia Británica, Borges se manejaba con datos de primera calidad, con la cultura procesada.” Cuando se encontró con los links del Manuscrito Voynich, lo primero que pensó fue que era “otro delirio gurdjieffo”. Navegando de link en link, descubrió una historia enrevesada, pero a la vez con una especie de secuencia lógica perfecta. “Me pareció la historia más fascinante del mundo, ¡qué suerte que me tocó a mí! Nadie la descubrió como material novelesco”, señala el escritor a Página/12, con ese tono que asciende por los peldaños de su sofisticada ironía. En la terraza de Eterna Cadencia le pide al mozo un cortado, pero al instante cambia de parecer, y le dice:
–Una lágrima porque sufro tanto...
Guebel se ríe bajito; es una risa sin estridencias que corroe más los objetos de burla –él mismo–, que la carcajada. “Empecé a escribir a medida que leía; escribía hacia adelante y hacia atrás, porque las hipótesis eran cada vez más sofisticadas. En algún punto, comencé a hacer atribuciones falsas. Si vos agarrás el libro ahora y me preguntás cuál es mi aporte, ya no sé qué párrafo es mío y cuál es ajeno”, confiesa el escritor. “¿Pero qué me llevó a Voynich? –se pregunta anticipándose a su interlocutora, ahora que ya pasó un tiempo entre el hallazgo, la escritura y la publicación de la novela–. Supongo que un manuscrito que plantea de manera enloquecida el sentido de un texto. Hay una frase de Borges, que no recuerdo exactamente, que dice algo así como que el hecho estético es la inminencia de una revelación que no se produce. En ese diferimiento se construye todo el ámbito de la narrativa. Y si querés, el espacio de la mística, o del judaísmo. El sentido está a punto de revelarse, pero se difiere. De qué otra cosa puede dar cuenta la literatura que del problema del sentido como interpretación fallida. Nunca se puede terminar de discernir lo real de las cosas. Siempre se escapa; es arenita que se escurre. El Manuscrito Voynich reinterpreta el tema de Charly García, para quién canto yo entonces.”
–Al encontrarse con ese manuscrito y comenzar a escribir la novela, ¿también se preguntó para qué o para quién escribe usted?
–Ya no concibo otro modo de vivir que no sea en la literatura. El problema del sentido es lo propio de lo humano; es lo que nos define de cualquier otra especie del reino animal. El propio acto de investigación en el caso Voynich ponía en cuestión el placer enorme de trabajar sistemas de relaciones que no tenían que ver con mis constantes; en el sentido de ciertas zonas de preocupaciones, el sistema de relaciones propio de algo real, existente fuera del ámbito de la literatura, algo que tiene sus peripecias, su lógica y su orgánica propia. La pregunta del autor es la pregunta por el crimen: quién es el criminal al que se le ocurrió escribir un texto que no firma, en una lengua artificial, cuya clave no se posee y donde hay dibujos de especies vegetales desconocidas de la Europa de aquel momento.
–¿Por qué su estrategia derivó hacia las conexiones?
–El sistema de organización de los materiales, la secuencia lógica y las conexiones, me parecían en un alto grado reproducciones realistas del proceso de sinopsis neuronales; sistemas de conexiones cuya lógica uno no advierte desde el inicio. Pero así como el espíritu sopla donde quiere, el pensamiento nos lleva donde le parece. Había algo de esto en la novela. Claramente es un texto que podría ser infinito; pero no por su propia peripecia, sino porque su sistema es el de la postulación de un infinito. La novela la terminé, como en otros libros míos, por evidencia de extenuación del procedimiento.
–En ese menjunje entre ficción y realidad, el enlace más evidente lo hace con la vanguardia argentina.
–Me interesaba la conexión de todas las peripecias del manuscrito Voynich con una cierta lógica del procedimiento vanguardista en la literatura argentina; llevar al extremo la cuestión del sentido, postular la existencia de un enigma, que en el fondo es gongorismo puro. Recuerdo siempre la frase de (Héctor) Libertella: “Piensen en Góngora, sólo lo difícil es estimulante”. Esta novela está en relación con cierta complejidad, pero a la vez es como una versión simplificada de los best sellers. Están eliminados los crímenes horrendos, aparecen sugeridos sintéticamente; no hay monjes sucios revisando en lugares secretos y no hay verdades cuya peripecia haya que seguir; es sólo la lógica del pensamiento en relación con un objeto. Es como si dijera que me convertí en un vasco que se golpea la cabeza sobre una piedra hasta quebrarla (risas). Es eso: quebrar la cerrazón del objeto; pero como el objeto es imposible de quebrar –no soy un criptólogo y no sé cuál es el sentido del manuscrito Voynich–, voy a contar todas las estancias de su diferimiento.
Cuando vio las ilustraciones del manuscrito, una amiga pintora de Guebel le dijo: “¿No te diste cuenta de que esto lo hizo una mujer?”. “No pude darme cuenta porque escribí el libro antes de ver las imágenes. Mi amiga me comentó que son imágenes de fertilidad.” Después del dato, aunque ya había terminado la novela, el escritor retomó la pesquisa a través de la abadesa Hildegart Von Bingen, del siglo XII. “Sabía que ella había escrito una lengua ignota y había tenido relaciones místicas; de hecho uno de los discos de compilaciones de sus temas se llama Revelaciones celestiales. Pero temporalmente no hay coincidencias. En todo el medioevo hay una tradición del texto encriptado, que es una tradición clasista para mantener el secreto y el saber entre pares; supongo que por influencia de la iglesia. Cuando se manejaban saberes considerados por lo menos peligrosos, era mejor mantenerlos en clave”, subraya.
–¿Se contagió un poco de la obsesión del criptógrafo, al menos desde la imaginación y la invención, buscó respuestas a este misterio de la autoría del manuscrito?
–La verdad que no me senté a escribir la novela pensando “voy a averiguar quién es el verdadero autor”. Ni se me pasó por la cabeza. Pero cuando terminé de escribir la novela, me di cuenta de que la respuesta estaba en el texto, pero no se la voy a decir al lector, que piense un poco. Creo saber quién es el autor y es tan obvio... lo que me asombra es cómo no me di cuenta antes. El autor no es uno, sino varios, una tríada material e intelectual.
–¿Cómo puede ser que ningún editor se haya dado cuenta de que tenía una materia prima excepcional para un best seller?
–Cuando terminé de escribir la novela, me cayeron un par de ensayos en las manos que son académica y crípticamente mucho más sofisticados que mi novela. No tienen ni las derivas interpretativas ni las peripecias intelectuales a las que someto la travesía del manuscrito: falsa filosofía y literatura, la lógica del sentido, la idea de que es un texto que viene de otros universos. Pero para que sea un best seller, sólo faltarían unas quinientas páginas y darles carnadura a los personajes. Podría intentar hacerlo, si me pagaran millones (risas). El manuscrito es un objeto al que postulo la posibilidad de una explosión contemporánea que, a la manera de Tlön, Uqbar, Orbis Tertius, ocupe el universo. Pero me estoy perdiendo por Borges... Sería perfectamente capaz de armar el esquema de un best seller; de hecho uno de mis sueños perpetuos es armar una fábrica de best sellers, ser como una especie de Alejandro Dumas que les dice a los demás cómo tienen que hacerlo. Pero de ninguna manera me sentaría a escribir un best seller, no tengo el menor interés. El problema del best seller es que la persona que lo escribe no tiene ningún interés por el lenguaje, y para mí lo es todo.
–¿Esta novela empieza por su interés por el lenguaje?
–No lo sé... tampoco voy a convertirme en objeto de chiste del turco (Jorge) Asís, que decía que no había leído ninguna novela que en la solapa no dijera “el gran protagonista de este libro es el lenguaje” (risas). Saquemos la sospechosa palabra lenguaje; diría que lo que importa es el modo en que lengua y narración se constituyen como acontecimiento completamente resistente a una lectura simplista, como peripecia donde todo es posible. Es eso lo que me importa. El best seller es un mero recurso de entretenimiento de los tiempos ociosos. Yo pienso la literatura como experiencia. La vida no me proporciona casi ninguna; en cambio la literatura es siempre nueva y casi intocada. Y sigo ahí y sigo ahí... y siempre mi interés es el mismo. Tal vez no en el orden de los descubrimientos de la lectura, ya me sorprendo menos con lo que leo; pero sí en el momento de la revelación de una nueva posibilidad estética.
–¿Ahora su interés por lo real se inclinó hacia la conexión con las ideas?
–Sí, pero es algo que descubrí hace unos diez años. Hay un modo en que lo real extraliterario se organiza bajo la estructura de un relato. El sufrimiento tiene una lógica narrativa; hay ciertos hechos cuya sintaxis es propia de la novela, hechos puros y crudos; lo cual no quiere decir que la gente viva sus vidas de manera vicaria, imitando la estructura de las novelas. Pero de algún modo eso acontece. Uno de los problemas del arte contemporáneo es que hay libros que sólo se justifican por la idea que los arranca de la nada. La idea que convierte a esta novela en algo más que en un juego, aunque está completamente basada en un juego, es que el arte infinito de la combinatoria puede producir una revelación que otorga sentido a la experiencia de la lectura. Y eso es la literatura, ¿no?

Medio: lalectoraprovisoria.wordpress.com
autor/a de la nota: Quintín
Libro: El caso Voynich
Autor: Daniel Guebel
link: http://lalectoraprovisoria.wordpress.com/2010/02/19/el-caso-guebel/

19 de febrero de 2010
El caso Guebel
By lalectoraprovisoria
por Quintín
El caso Voynich de Daniel Guebel trata sobre un supuesto manuscrito del siglo XIII redescubierto en 1912 por un anticuario polaco entre los saldos de la biblioteca vaticana. La edición de Eterna Cadencia incluye una separata con la reproducción del original. Consta de 32 páginas escritas en una lengua y un alfabeto desconocidos e ilustradas abundantemente con dibujos de plantas (muchas de ellas inexistentes), círculos que asemejan cartas astrales y hasta mujeres desnudas en cómicas actitudes. Durante 120 páginas, Guebel traza la historia del Manuscrito Voynich y glosa las distintas hipótesis acerca de su autenticidad, su autoría, su lenguaje y sus intenciones, incluyendo su relación con el esoterismo religioso o la alquimia y la duda sobre si estamos frente a un importante mensaje cifrado o una broma colosal. En la saga Voynich intervienen reyes, sabios, espías, cabalistas, monjes, criptógrafos y filósofos, pero el secreto del manuscrito sigue incólume y tanto su composición como su escritura continúan desafiando a las mentes más brillantes.

El objeto es tan curioso, tan anómalo, que leí el libro convencido de que el manuscrito era una falsificación, pero no de Voynich sino de Guebel. Mientras leía el texto y le echaba furtivas miradas a esos extraños dibujos, me preguntaba por qué la edición no incluía el nombre del ilustrador que tanto trabajo se había tomado a pedido de Guebel o de los editores. Pero no se me ocurría cuál era el truco detrás de la escritura, que supuse una charada que el lector podía desentrañar tras un breve análisis. Cuando, tras terminar el libro, pasé un tiempo sin lograrlo busqué “Voynich” en el Google, esperando encontrar una reseña de la obra de Guebel o una entrevista que aclarara el engaño. Cuando empezaron a aparecer entradas sobre el manuscrito deduje que el chiste reproducía una vieja artimaña borgeana y que Guebel había intentado una remake de Tlön, Uqbar, Orbis Tertius, al que cita al final del libro, y que los artículos en la internet habían sido sembrados del mismo modo en que las primeras referencias a Uqbar aparecieron, según el relato de Borges, en un ejemplar aislado de la Enciclopedia Británica de 1902. Como claro guiño al lector, Guebel menciona un pequeño cono de gran peso específico que ve la luz en un burdel y evoca al que aparece en una posada remota en el relato de Borges. En Tlön, por otra parte, el narrador cuenta que Bioy Casares cita una frase y la atribuye a los heresiarcas de Uqbar y recuerda haberla leído en su ejemplar de la Enciclpedia. Pero cuando el artículo sobre Uqbar no aparece, Borges escribe:
Conjeturé que ese país indocumentado y ese heresiarca anónimo eran una ficción improvisada por la modestia de Bioy para justificar una frase.
Del mismo modo, pensé que todo el engaño Voynich era una excusa improvisada por la (in)modestia de Guebel para tener una base narrativa que le permitiera lucir su ingenio en párrafos como este:
Se empezó a murmurar que había más de uno, más de dos Manuscritos Voynich. Muchos, tal vez, quizá infinitos, y estaban desparramados por la tierra —como si el sentido amara por sobre todas la figura de la hipérbole. Cada una de estas versiones podía ser idéntica o poseer alguna diferencia respecto del resto, de acuerdo con los errores, distracciones o decisiones de los copistas. En cuanto al manuscrito “conocido”, podía ser también —o no— el original, el primero, el verdadero, pero existían muchas posibilidades (a la n potencia) de que resultara una copia defectuosa, incompleta, falsificada.
Es cierto que Borges, aunque solía cometer algún error matemático, nunca habría escrito la burrada de que podría haber infinitos manuscritos, ni habría usado la expresión “a la n potencia” que no tiene ningún sentido en este contexto, como tampoco habría caído en la redundancia tan común entre relatores deportivos de afirmar que algo puede ser de una manera “o no”. Pero de todos modos hay que reconocer que en este fragmento que homenajea también a La biblioteca de Babel, la frase “como si el sentido amara por sobre todas la figura de la hipérbole” es de una pertinencia y de una sugestión admirables. Es que Guebel debe ser el más elegante de los escritores argentinos; su incursión ocasional en la desprolijidad y su gusto por las chanchadas no debe llevarnos a confusión.
Durante el tiempo que me llevó la lectura y un par de días más —que dediqué al intento de descifrar el manuscrito Voynich— viví convencido de que se trataba de una amena y laboriosa chanza que el escritor nos hacía a sus lectores, quienes no podíamos menos que corresponder intentando resolver un enigma de dimensiones domésticas. Lo único que tenía para reprocharle a Guebel es que su libro, que hablaba de un manuscrito ficticio, se viera obligado a incluirlo como una especie de souvenir, una idea que me resulta un poco antipática por dos razones. Una es que desde Dickens y Balzac sabemos que así como no se puede hablar de una obra maestra y mostrarla, tampoco conviene referirse al “manuscrito más difícil de descifrar de la historia humana” y terminar produciendo un sucedáneo chapucero. En ese sentido, le recordaba mentalmente a Guebel la conclusión de El mago de Aira, el rechazo a agregarle al mundo toda maravilla que no fuera estrictamente literaria.
Pero el manuscrito Voynich existe. O al menos eso creo ahora. Basta detenerse en la dimensión de la bibliografía que aparece en el Google para convencerse. Y si es falso, la secta que se ha ocupado de fabricarlo y de sembrar la web de información sobre él tiene recursos mucho más poderosos que los de un escritor solitario. Si se trata de una impostura, la escala de la operación es enorme. De todos modos, es interesante una reflexión lateral. Si no existiera el Google, jamás se me hubiera ocurrido averiguar si el manuscrito tenía alguna existencia anterior a Guebel. Pero también es cierto que si no existiera Google, tampoco existiría El caso Voynich. Vale la pena volver sobre este tema y quizá lo hagamos.
Hice del libro una falsa lectura bajo la suposición de que Guebel había inventado todo y, al parecer, no es así. Aunque se basa en información de varias fuentes, El caso Voynich no es tampoco una obra de non-fiction. Una buena parte es falsa. En particular la que se refiere a la vida privada de los personajes históricos. De hecho, lo que me convenció de que Guebel estaba inventando fueron frases como:
Finalmente, Kelly propuso a Dee [Dee y Kelly son reales] un cambio de esposas o al menos la cohabitación conjunta, argumentando que la sugerencia provenía del propio Uriel. Es claro que la mujer de Kelly debió de haber sido un bagayo…
que solo pueden provenir de la faceta más chabacana de su escritura, de cierto humor escatológico que siempre está presente en sus distinguidas obras (el humor en Guebel se asocia casi exclusivamente con el sexo). También hay una parte fantástica en el libro, en la que se cuenta que el manuscrito posee facultades de movimiento autónomo descubiertas por una oscura bibliotecaria llamada Hilbe Goldefer, cuya misma existencia es apócrifa. Es decir, Guebel no se limitó a narrar las vicisitudes de la historia del manuscrito sino que le agregó partes de su cosecha, algunas procaces y delirantes. La mejor de ellas, sin duda, es la del corredor de bolsa Hans P. Kraut convertido en discípulo tardío del cabalista de Zaragoza Abraham Abulafia. En esa historia lateral de un libro en el que todas lo son, Guebel da rienda suelta a sus fantasías metafísicas y místicas, un territorio en el que se mueve como pez en el agua.
¿Qué es entonces El caso Voynich? En principio, hay dos categorías de libros a los que no pertenece. No es una investigación periodística aunque Guebel haya recorrido megabytes de información como si se propusiera fascinar a los lectores con un caso tan intrincado y lleno de misterio. Tampoco una novela de intriga con una base histórica o seudohistórica. No estamos aquí frente a El código Da Vinci, pero tampoco frente a obras como El nombre de la rosa o El calígrafo de Voltaire que parodian lo que ya es una parodia sin renunciar a sacarle rédito comercial al género ni a pretender el reconocimiento de los premios y de la crítica. Lo de Guebel es bien distinto. En principio porque el libro no promete una solución, un desenlace; ni siquiera reconforta con un desarrollo dramático y sus personajes son más abstractos y ridículos de lo que la ficción más o menos masiva tolera. Al lector no se le propone entretenerse más que a condición de participar de igual a igual en el juego de la autoría.
Guebel es un escritor mucho más radical que la mayoría de sus colegas nativos. En realidad conviven bajo su nombre tres pulsiones principales. Una es la bulimia narrativa, que lo lleva a desarrollar cualquier anécdota, aun las más banales, como si no pudiera evitarlo. Otra es la especulación filosófica, religiosa o meramente conceptual que funciona como otro motor de la escritura y lo lleva muchas veces a enunciar proposiciones iluminadas o delirantes sobre los temas más diversos. La tercera es su notable vocación por la teoría literaria. Aunque ese afán esté muchas veces disimulado por temas más concretos, no hay un escritor argentino desde Macedonio más interesado por el problema de la literatura. El caso Voynich ofrece la ocasión perfecta para que esas tres corrientes alcancen su esplendor: una historia llena de ramificaciones intrincadas, un tema propicio para la especulación sin límite y, sobre todo, un doble del propio texto que sirve como referencia para desentrañar un misterio que no es el del manuscrito, sino el de la escritura misma.
Porque frente a esos extraños dibujos y a esa lengua indescifrable, surge la tentación de mirar al costado y descubrir en la otra parte de la edición, la escrita por Guebel, una contrapartida que se le asemeja en más de un sentido. Guebel siembra su novela (¿novela?) de alusiones e iluminaciones en ese sentido:
Desde ese punto de vista, el Manuscrito Voynich se presenta como un objeto indefinible: al presentar un aspecto escandalosamente llamativo, alimenta la desconfianza. No se sabe si exhibe algo para ocultar que no reserva nada salvo un balbuceo imbécil, o el mensaje más importante de la historia.
En principio, toda obra de vanguardia tiene esa característica y por eso se encuentra tan fácilmente con la adoración y la burla. Pero la analogía es mucho más profunda. Lo que creo que Guebel nos descubre a través de El caso Voynich es que la literatura comienza cuando se acaban los sucedáneos, las simulaciones de sentido, y se transforma en escritura, en una escritura tan inabordable como la del manuscrito, una escritura sin claves, sin interpretaciones, sin mensajes a la vista. Esa idea, en sus distintas variantes, está diseminada a lo largo de todo el libro.

¿Y si en realidad el autor decidió escribir su obra en una lengua que renuncia a toda comunicación y representación? ¡Imaginemos que en un éxtasis sostenido inventó un relato sin idioma porque así quiso contar lo incomunicable.

Supongamos a un autor capaz de un tartamudeo perpetuo, alguien que en su reiteración imposible encuentra estilo y, más aun, necesidad; supongamos que quiere decir lo que no existe, lo que no puede ser dicho ni traducido, y no quiere cifrarlo ni descifrarlo sino ponerlo en el modo en que eso habla.

El manuscrito (…) es la fuente donde abrevaron Rabelais y Sterne, es la versión extrema, ¡inventada en el siglo XV!, del monólogo interior de Molly Bloom. Su radical ilegibilidad de hoy es la clave de la literatura del futuro.

Por su carácter inasible, el manuscrito Voynich parecía encarnar un ideal de artista.

Dicho de otro modo, el manuscrito Voynich es El caso Voynich. Ese es el gran descubrimiento que nos permite hacer Guebel. Es decir, que la literatura está más cerca de ese cocoliche medieval indescifrable o burlesco, incluso está más cerca de esos artículos de internet en los que se basa el libro, esas páginas que “funcionan como resúmenes incompletos, agramaticales y abstrusos que redactan aficionados tendenciosos sobre temas que les son ajenos”, que de las novelas de intriga o de la narrativa que comúnmente pasa por literatura. Pero hay una gran ambigüedad en ese descubrimiento, que por un lado refunda una vez más el arte de la escritura pero por otro no puede evitar asomarse a un abismo en el que se desbaratan demasiadas certidumbres. En la “Nota” que ocupa las últimas páginas del libro, Guebel lo dice a su manera:
Ahora, algo sobre el estilo. Me gustan los libros donde se nota que el autor puede ser o parecerse a cualquiera; me gusta pensar que el mejor desafío de un escritor es borrar lo identificable que se encuentra bajo su firma para apropiarse de la colectiva que rubrica todos los libros de su biblioteca. Su opuesto, la extensión de una identidad literaria a lo largo del tiempo, con suerte produce reconocimiento y aprecio, el nombre como marca. En un extremo del copyright, cuando un autor es detectado, su escritura se neutraliza y sus libros se convierten en una pálida copia de los que redactan sus imitadores. También podríamos imaginar una tercera opción, la de aquel que oscila entre ambas tentaciones, y que, dominado por cierta moral de la escritura, se esconde en la diversidad para multiplicar los rostros sanguinolentos de su cuerpo en fuga. Y una cuarta, en que el autor se esclaviza al nombre y… No es necesario demorarse en la enumeración de las variables. En este punto, un lector atento puede preguntarse si no habré sido lo bastante necio como para imaginar que al ocuparme de la exégesis o la fabulación de algunos de los sentidos posibles de una obra inimitable y tal vez incomprensible como el manuscrito Voynich, estoy poniendo mis propios libros —o mis intenciones  estéticas— en el lugar del modelo de artista que suscribo. Quién lo sabe. La sinceridad es imposible. Pero al menos, si se trata de ser lo que se afirma, es momento de admitir que más de un párrafo de esta novela fue tomado casi literalmente de esas páginas electrónicas de dominio público; de hecho, pasado el tiempo, no reconozco qué es propio de lo que es ajeno y qué es ajeno de lo propio. Y el distingo me parece intrascendente.

Este final nos ofrece el feliz espectáculo de un escritor en el momento mismo de reconocer que su lucidez conspira contra sus intereses y que la paradoja esencial de su oficio proviene del choque frontal entre dos formas de narcisismo: el deseo de ser reconocido por su destreza y la arrogancia de descubrir en qué consiste el juego. Guebel, por suerte, pertenece a esa clase de escritores que no aceptan las reglas y quieren imponer las propias, única condición posible para que una artista se permita la libertad y la alegría. Sin embargo, esa elección tiene un precio: no hay duda de que los premios los seguirán ganando sus colegas más mediocres y convencionales ni de que sus amigos seguirán asistiendo a sus lamentos. Pero una obra tan singular como El caso Voynich permite afirmar que en la Argentina todavía se escribe.


Medio: Publicado en Confines N°24 Febrero de 2010
autor/a de la nota: Augusto Munaro
Libro: El caso Voynich
Autor: Daniel Guebel
link: http://www.confinesdigital.com/conf24/daniel-guebel-las-peripecias-de-un-enigma.html

Febrero/Marzo 2010

Daniel Guebel se explaya sobre su nueva novela: el caso Voynich, que se ocupa de un misterioso pergamino ilustrado escrito probablemente en el siglo XVI y del que se desconoce el autor.

Las peripecias de un enigma
Entrevista a Daniel Guebel sobre su novela, El caso Voynich

El Caso Voynich

El caso Voynich de Daniel Guebel trata sobre un supuesto manuscrito del siglo XIII redescubierto en 1912 por un anticuario polaco entre los saldos de la biblioteca vaticana. La edición de Eterna Cadencia incluye una separata con la reproducción del original. Consta de 32 páginas escritas en una lengua y un alfabeto desconocidos e ilustradas abundantemente con dibujos de plantas (muchas de ellas inexistentes), círculos que asemejan cartas astrales y hasta mujeres desnudas en cómicas actitudes. Durante 120 páginas, Guebel traza la historia del Manuscrito Voynich y glosa las distintas hipótesis acerca de su autenticidad, su autoría, su lenguaje y sus intenciones, incluyendo su relación con el esoterismo religioso o la alquimia y la duda sobre si estamos frente a un importante mensaje cifrado o una broma colosal. En la saga Voynich intervienen reyes, sabios, espías, cabalistas, monjes, criptógrafos y filósofos, pero el secreto del manuscrito sigue incólume y tanto su composición como su escritura continúan desafiando a las mentes más brillantes.

Desde 1969, en la Biblioteca Beinecke de libros raros y manuscritos de la Universidad de Yale, figura catalogado como el ítem MS 408, el Manuscrito Voynich, un misterioso pergamino ilustrado de 240 páginas, de contenidos desconocidos, escrito probablemente en el siglo XVI por un autor anónimo en un alfabeto no identificado y un idioma incomprensible, el denominado voynichés. El texto cifrado, que carece de signos de puntuación, escrito de izquierda a derecha (por lo que ha de leerse, seguramente, de forma igual), consta de seis secciones –herbario, astronómica, biológica, cosmológica, farmacéutica y recetas-. Debido a su disímil contenido, decenas de especialistas –a través de quinientos años de intrincada historia por su desciframiento y una copiosa genealogía de propietarios-, cuestionaron (y siguen cuestionando) la naturaleza del libro. ¿Se trata de un manuscrito cuyo propósito intenta servir únicamente como una farmacopea?, ¿o acaso sea un tratado alquímico de proyección mística?. Tampoco se debería desdeñar ni omitir la posibilidad –para los más escépticos-, que se trate simplemente de un fraude moderno. Mientras tanto los argumentos proliferan, dado que han alimentado demasiadas teorías acerca del origen del libro, su contenido, y los posibles fines para los que fue concebido. La única certeza inamovible continúa siendo su ilegibilidad, suerte de catalizador de interpretaciones infinitas. A través de una historia de cifrados y descifrados incesantes, el prolífico escritor argentino Daniel Guebel acaba de publicar El caso Voynich (Eterna Cadencia Editora), un libro que se ocupa de los intersticios del dilema. Indaga en un texto lúcido, más allá del posible (e inagotable) significado del Manuscrito; las posibilidades combinatorias de la escritura, así como también la autoría como sistema interrogativo. Un texto que entrecruza dos géneros, la novela y el ensayo; para elaborar con un aliento excesivo, las cambiantes perspectivas de la literatura.

¿Qué lo motivó a escribir sobre un antiguo libro de contenidos desconocidos, y en un idioma no identificado, como resulta el Manuscrito Voynich?
• Lo que me resulta extraño es que a ningún escritor de los que conozco se le haya ocurrido antes. Es evidente que mis colegas no conocían el asunto. De hecho, me senté a escribir El caso Voynich apenas me enteré de la existencia del manuscrito. No podía imaginar un asunto más fascinante. En el siglo XVI, una persona (o muchas) idea una lengua artificial y con ella escribe un libro del que no divulga su clave ni su propósito, ya sea místico, esotérico, profético, religioso, político, lingüístico, alquímico, botánico, político, metafísico, vampírico o extraterrestre; el manuscrito comienza a producir enigmas, efectos: un sistema arborescente de interpretaciones respecto de su sentido y alcances. A lo largo de los siglos, el manuscrito es perdido, encontrado, traficado, leído, incomprendido, atribuido a filósofos, alquimistas, rabinos, reyes, espías, farsantes y falsificadores. Por él mueren y matan a lo largo de las centurias. Además, en un universo plagado de personas que creen que el arte de escribir se reduce a contar un cuento (no desdeño esa posibilidad, no me parece la única), un asunto en apariencia tan extravagante me permitía trabajar cuestiones algo distintas: el sentido, la interpretación, la acumulación, el extravío, el frenesí, la demencia, las combinaciones de palabras, el trance, la autoría. Literatura pura.

¿Según su opinión, en qué se diferencia El caso Voynich del resto de su obra?, ¿cómo sitúa esta novela en relación a sus textos anteriores?
• Me parece que mis libros se sitúan en dos “coordenadas”: hay libros que continúan otros libros anteriores, explorando algunas cuestiones ya tratadas – del mismo modo en que la pintura moderna trabaja más el proceso de transformaciones de una serie que la realización de un cuadro en particular-, y libros que se proponen como un corte respecto de esa serie, y que apuestan a indagar en la ilusión de que un autor puede escribir libros diversos, tan diferentes entre sí que lo que llamamos su “marca estilística”, lo reconocible, desaparece, y sólo queda la evidencia de autoría determinada por la firma. Esa es una perspectiva interesante: escribir y preguntarme quién está escribiendo eso que terminará llevando mi apellido. Cuando empecé, tenía la sensación de un destino extraordinario: cada uno de mis libros inauguraba algo, una perspectiva inédita. Cada obra, un mundo. De todos modos, para achicar un poco la vanidad, y como el tiempo pasa y nos vamos volviendo mañosos, también esos cortes terminan produciendo series, y El caso Voynich podría acabar siendo una versión de mi vieja novela Los elementales.

¿Una reescritura?
• Más bien, una nueva aventura sobre cómo la especie humana se encarniza en construir sentidos sobre aquellas cosas que parecen no tenerlo.

¿Hizo algún estudio de campo, antes de lanzarse de lleno a la realización del libro?, ¿qué tipos de fuentes consultó? ¿Qué influencia tuvo Internet en su escritura?
• No hice otra cosa que leer, durante un par de días o una semana, todo lo que encontré al respecto en Internet, y después me lancé lleno o vacío a escribir. No sabía bien qué estaba haciendo, lo que es muy estimulante. El libro se escribía a medida que leía, y lo que leía aumentaba o eliminaba partes. Al mismo tiempo, por el sistema de lecturas que permite Internet, se me armaba un mapa de referencias laterales, derivas, nuevas versiones. También leí un par de ensayos de corte académico, y algunos de ellos están consignados en las notas al pie. En realidad, yo no trabajé tanto con el saber acerca del asunto, sino con los huecos de ignorancia que me permitía llenar con mis propias hipótesis e investigaciones. Así, cuando me encontré con esos ensayos que parecían decirlo casi todo, mi trabajo ya estaba hecho y lo existente no me afectaba. Por supuesto, cualquier persona a la que le interese el tema puede asomarse también a la obra clásica de los voynichólogos: El manuscrito Voynich: un elegante enigma, de Mary D’Imperio (en inglés)

El libro cuenta con notas al pie, algo inusual en su obra.¿Las incorporó únicamente con la intención de agudizar el carácter conjetural del texto?
• En realidad, me gusta poner notas al pie, pero en general las elimino. En este caso las dejé, porque parte del propósito del libro es producir la impresión de un infinito de consideraciones; algo abrumador, excesivo. Claro que de manera sinóptica, mi modo favorito de señalar lo interminable. Así como el asunto derivaba siempre para mi en una nueva especulación, quería que el lector se preguntara donde aparecía el límite de la conjetura. En el fondo, quería trabajar contra toda idea de economía, gastar la lectura, abrumar, agotar, extenuar. Por suerte no vivo de los lectores.

¿Cuál es la relación entre el Manuscrito Voynich y la obra de Xul Solar?
• Desde que principios del siglo XII a la abadesa Hildegarda Von Bingen decidió componer su Lingua Ignota –¡y hay que ver lo parecidos que son esos caracteres imaginarios a los del alfabeto voynichés!-, cientos de personas se aplicaron a escribir en lenguas artificiales, ya fuera para construir un idioma que resuma todos los idiomas y habilitar el paso de la humanidad a una especie de lengua universal que nos permita comunicarnos sin problemas, ya para fundar una estenografía indescifrable para los de afuera –que son de palo. Xul Solar inventó una panlengua, se supone que con el primer propósito; el autor del Voynich parece ejemplificar perfectamente la segunda elección.

Ud dice en el libro, que cada obra produce una clase de autor distinto. Algo que parece adscribirse a su obra narrativa.
• Sí. Y lo digo para guiar a mis lectores por la selva oscura de mis escritos. Para que sepan que, si a veces no puedo plenamente, por lo menos siempre intento mostrar las piruetas de esa transformación, y también sus entretelones.

¿Por eso le agradan los libros donde se nota que el autor puede ser o parecerse a cualquiera?
• Exacto. Más allá del gusto o el disgusto particular que me provocan los libros de autores que conciben una sola matriz para su escritura, aquellos que se complacen en mostrarse reconocibles a la primera frase leída, pienso que el sueño verdadero de un escritor podría ser el de alcanzar la más completa impersonalidad, una verdadera esquizofrenia literaria que le permitiría firmar todos los estilos que ocupan los estantes de su biblioteca. En esa contigüidad rumorosa en que se encontrarían sus libros, cada uno de ellos justificaría parte de su sentido en el contacto con los otros, en los órdenes de lectura. A ese escritor ideal habría que regalarle un lector ideal, capaz de andar acomodando los libros, estableciendo sus relaciones, del modo en que mi abuelo Ernesto mezclaba suavemente sobre la mesa las fichas de marfíl de su juego de dominó. .

¿La escritura es un desvío de la realidad, o un complemento de la misma?
• Cualquier persona que se dedica a la literatura con esa devota insistencia que antes sólo existía en el interior de los monasterios, sabe que allí encuentra la realidad en su estadio más brillante, en tanto que en la vida diaria se encuentra con eso que llamamos lo real y que parece una confabulación de obstáculos, un camino de piedras construido por una legión de fantasmas extremadamente deficientes. Lo que recuerda a Marcel Proust. Pero también a Felisberto Hernández, Cervantes, Montaigne, Hawthorne, Berceo y Sade; quienes escribieron buena parte de sus obras estando prácticamente encerrados, aislados del mundo.

¿De contar con más tiempo, escribiría con más asiduidad y mejor?
• Es la propia obra la que termina dictando sus condiciones: el encierro, los ratos de ocio, los horarios. En mi caso, no veo manera de forzar los momentos de esterilidad; en esos momentos, el encierro no me ayuda. Además, en Argentina, las prisiones no son para seguridad y protección de los presos, sino para castigo y humillación. A mi me alcanza con lo que tengo.

En una reciente entrevista, Ud. afirmó que lo más relevante de un relato no es su continuidad (su estructura narrativa), sino su “procedimiento”. ¿Por qué?, ¿narrar es puro procedimiento?
• ¿Dije eso? Me equivocaba. Simplemente, creo que las posibilidades de evolución de la historia son menores que las formas en que un escritor puede tratarla, de modo de hacer algo particular con ese relato. En general se tiende a suponer que cuando un autor piensa sobre todo en el procedimiento –y habría que ver qué es eso para cada quien-, elige una perspectiva aristocrática o formalista. Pero en realidad es a la inversa. El artista que da por hecho que simplifica sus operaciones estéticas para darle al público lo que este merece o le gusta, en realidad está ejerciendo un acto de violencia intelectual: el de suponer que domina o maneja el gusto ajeno, las apetencias de las masas. Exagerando, esa forma del populismo literario no es más que hitlerismo ilustrado. Y Hitler no era tan bruto. Una demostración práctica de que el gusto de las masas, por el contrario, elige formas sofisticadas (aunque vengan contenidas en envases simples), es que los recursos narrativos de las películas que atraen más espectadores son conocidos por estos de antemano. Lo que los espectadores van a averiguar es cómo el chico pobre conoce a la chica rica y cómo hace para casarse con ella.

¿Continúa trabajando en su novela inédita El absoluto?
• ¡Por suerte la terminé! ¿Por qué cree que ha sido el libro qué más le costó escribir? Tengo entendido que hace al menos diez años que venía desarrollando su escritura.
• Seis, sólo seis años. ¿Por qué? Bueno, de alguna manera, creo que ese libro es el resumen de todas las apuestas estéticas, el Lerú-Guebel. Es una novela dividida en cinco partes, cinco biografías contadas por una voz que va cambiando en cada biografía…como si la contara otra persona. Cada parte arrastra el eco de libros anteriores; al mismo tiempo, en su totalidad, el libro es una progresión ascendente hacia una de las constantes de mi literatura, que es el enfrentamiento entre una voluntad singular que pretende una transformación de las coordenadas de lo existente (el mundo, la política, el Universo entero), y sólo consigue resultados catastróficos. A la vez, creo que es un libro completamente distinto de los otros que escribí. Y tardé tanto porque cada parte me costó muchísimo trabajo, al final de cada biografía yo quedaba agotado, y para descansar me sentaba a escribir otro libro. U otros. Entre publicados e inéditos, mientras escribí El Absoluto escribí también Aniquilación, Derrumbe, Ella, Los padres de Scherezade, Mis escritores muertos, La carne de Evita y El caso Voynich.

¿Planea publicarla próximamente?
• Ni idea.