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DANIEL GUEBEL - Derrumbe

Libro: Derrumbe
Autor: Daniel Guebel
EDITORIAL: Literatura Mondadori

Medio: 5 Asterísco, 8 de noviembre, 2007
autor/a de la nota: Andrea Rivera
Libro: Derrumbe
Autor: Daniel Guebel
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Medio: Diario Perfil, Suplemento Cultura, 18 de noviembre, 2007
titulo: Contra la literatura de la buena conciencia
autor/a de la nota: Sonia Budassi / Hernan Arias
Libro: Derrumbe
Autor: Daniel Guebel
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Medio: lalectoraprovisoria.wordpress.com
autor/a de la nota: Quintín
Libro: Derrumbe
Autor: Daniel Guebel
link: http://lalectoraprovisoria.wordpress.com/2007/12/04/tradiciones-sanmartinianas/

Medio: Revista Noticias, 8 de diciembre, 2007
autor/a de la nota: Daniel Guebel / Columna: Sergio Sinay
Libro: Derrumbe
Autor: Daniel Guebel
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Medio: Diario Clarín, Suplemento Ñ, 8 de diciembre, 2007
autor/a de la nota: Fernando Molle
Libro: Derrumbe
Autor: Daniel Guebel
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Medio: MdZ, 3 de diciembre de 2007
autor/a de la nota: Mauricio Runno
Libro: Derrumbe
Autor: Daniel Guebel
link: http://www.mdzol.com/mdz/nota/19982

Nuevo libro del reconocido autor Daniel Guebel

Se trata de "Derrumbe", nouvelle de registro íntimo y revelador. Cruce entre la ficción y la no ficción. O sea, literatura que late, que late.

“Mi relación con la poesía es nula”, ha dicho su autor, y para quien lo ha leído, desde, digamos, sus “funciones” periodísticas en la revista Humor allá lejos y hace tiempo (componía una delantera temible, junto a Alan Pauls y Marcelo Figueras), no es ninguna novedad. Lo de Guebel, y su relación con la poesía, más allá de juicio, es también un mini declaración de principios. Soy narrador, soy narrador, pareciera decirnos en un mantra que su más reciente texto publicado, “Derrumbe” (Mondadori), confirma. Y sí, él es un narrador.

Más que difícil es raro escribir acerca de esta nouvelle, en la que se vislumbra, más allá de la calidad estética, también una actitud. Si alguien no ha leído muchos libros puede asociar este trabajo al nombre de disco de Calamaro, “Honestidad brutal”. Y aunque parezca una locura comparar literatura con música no siempre es fallida la paralela. Somos tan poco habitués a la sinceridad que, cuando alguien escribe una verdad, siempre parece ser "brutal".

Los narradores narran muchas mentiras, que hasta se transforman en verdades: es parte de la religión (no, Charly García no sobrevuela en este libro). Ahora distinto registro se obtiene cuando los narradores narran verdades, que hasta pueden parecer mentiras. Y éste es el caso de “Derrumbe”, una pieza de formato ideal para este autor que también escribe y dirige teatro, y que ha dicho que terminar un guión de esas características a veces puede llevarle de uno a dos días.

Guebel se ha separado, y la época en que lo ha hecho no parece ser de las más felices (“Ayer fue Navidad. Son las nueve de la mañana y en la calle no hay nadie excepto una paseadora de perros que deja que sus animales ensucien en la puerta de mi casa…”). Y este es el motor de su nouvelle, la pérdida, el abandono, y bastante culpa por una hija que lo desvela y que se convierte en el personaje central del relato, a punto tal que cierra el libro, desplazando las hazañas de su padre, sus pensamientos, hasta sus gestos más amorosos.

Lo insólito de escribir la verdad es que parece mentira. Por eso existen tantos críticos diciendo mentiras que parecen verdades, y hasta escritores que mienten pero sólo son eso: malos escritores y peores mentirosos. No es el caso de Guebel, que va construyendo una historia que en manos de otros sería apenas una especie de diario íntimo ordinario, una suerte de larga carta que jamás se entrega, o sí, se entrega, pero con vergüenza.

Guebel es técnico y efectivo, inteligente y criterioso, económico pero pretencioso. Es un escritor malherido apostando a la literatura. Y “Derrumbe”, ya desde su título, es una obra que lo define como escritor, a pesar de sus numerosos textos (y aquí se recordará “Arnulfo o los infortunios del príncipe”, pero más exactamente la exacta “La perla del emperador”). Quien lea mis textos me estará leyendo, supo decir Montaigne. Y no es del todo caprichoso suponer que luego de leer este libro se conoce más a su autor. Un escritor que apuesta a escribir, hasta decir la verdad. Nada mal para un mercado de farsantes como el nuestro.

Medio: Página 12, 16 de diciembre de 2007
autor/a de la nota: Mauro Libertella
Libro: Derrumbe
Autor: Daniel Guebel
link: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/las12/37-3785-2007-12-14.html

El Crack-UP

Una separación conyugal puede llevar a un derrumbe de la subjetividad y también a una práctica de literatura pura. Entre esas opciones que desafían el temple del lector se mueve la última novela de Daniel Guebel.
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Muchos lectores de Daniel Guebel suelen repetir aquello de que lo que más los conmueve de su literatura son las historias de amor. Libros como Matilde, que narran lo imposible: el desgrarramiento paulatino e implacable de una cotidianidad; los destellos casi imperceptibles que funcionan como golpes oraculares que presagian una caída. Y si de caídas se trata, ahora Guebel da un paso más hondo y narra lo que es por definición inenarrable: el derrumbe. Si quisiéramos acceder sin pudor a la cabeza del narrador, deberíamos afirmar que de lo que se trata la novela es de la imposibilidad de narrar la experiencia límite del derrumbe de una integridad, pero que en esa imposibilidad, justamente, encuentra el espacio para decirlo todo.

Derrumbe nos enseña ante todo que, a la hora de escribir sobre una separación, es imprescindible tomar una decisión clave: narrarlo todo o jugar al laberinto perverso del escamoteo y los aludidos. La decisión de Guebel, en este sentido, parece haber sido radical. Se trata de hacer explotar la tapa del cerebro y, cuando toda esa materia informe y alucinada de que está hecho el pensamiento se desparrame sobre la hoja en blanco, limitarse a ordenar un poco las cosas con una pluma elegante y filosa. De este modo, en Derrumbe, los “hechos” están tan confundidos con los pensamientos como lo verídico con lo ficcional, y lo realista con lo desbocadamente fantasmal. Derrumbe es, para decirlo de un modo suave, un libro irreductible, de una turbadora complejidad.

Los epígrafes, las dedicatorias y los nombres propios son las señas más nítidas que promoverían una lectura autobiográfica de libro. Estarán entonces quienes se impacten ante el gesto impúdico que supondría revelarlo todo, y estarán también quienes se interesen por la forma en que toda esa vivencia se vuelve literatura. Una forma que propone una narración rápida, en presente, que sin embargo se interrumpe casi naturalmente para preguntarse una y otra vez por la verdadera naturaleza de esa empresa que es narrar el dolor. “El dolor. Es imposible contar el dolor. En principio, porque se trata de un dolor puro, absoluto, como el que se apoderó de mí cuando vi que mi hija se iba (...) en casos como ése, lo que puede hacerse es contar la escena, narrarla mejor o peor, incorporar o eliminar detalles, pero la emoción no tiene nombre, carece de palabras.”

Quienes sigan con más o menos asiduidad la obra de Guebel, quizá sentirán que Derrumbe es un punto de inflexión. No sólo por el hecho de volver a un tema conocido y darle una vuelta de tuerca que lo proyecte a una cima de riscos vertiginosos, sino también por la culminación de una idea de prosa, que conjuga la elegancia de la inflexión con el límite en el que se asumen los propios miedos y debilidades. La novela se convierte, en el modelo de Derrumbe, en eso que más le gusta ser: un caleidoscopio de posibilidades, un juego que no necesita amputar su lógica intelectual o incluso metaficcional para hablar de una experiencia cotidiana y universal como la experiencia del amor.

No se alarmen, no vamos a develar el remate, pero baste decir que en la recta final los juegos literarios se precipitan, y la atmósfera melancólica y de pérdida que había atravesado la narración se repliega ante giros inesperados que rayan lo hilarante. La experiencia de lectura, finalmente, puede ser de desconcierto, pero también de una rara gratificación. Puede suceder que a algunos lectores este libro les funcione como un modo de conjurar sus propias separaciones; a otros les parecerá un ejercicio de literatura pura, y quizás algunos lo lean como un libro a un mismo tiempo triste y divertido. Quién sabe. En la imposibilidad de apresar y encapsular las lecturas está, acaso, la perdurabilidad de lo literario.

 

Medio: ADN, La Nación, 22 de diciembre de 2007
autor/a de la nota: Jorge Consiglio
FOTO: Diego Sandstede
Libro: Derrumbe
Autor: Daniel Guebel
REF: http://adncultura.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=972255&origen=acumulado&acumulado_id=6733

Lucidez del extravío

Hay primeras personas que mantienen con la trama que enuncian una distancia propia de una tercera; imponen un tono neutro, un tanto lacónico, que resulta indispensable para construir la ilusión de una perspectiva externa. Tal es el caso de El extranjero de Albert Camus, texto en el que la falta de compromiso emotivo con que el narrador expone los acontecimientos modifica, sin lugar a dudas, su condición como protagonista.

En Derrumbe, la última novela de Daniel Guebel, sucede lo contrario. Justamente, la temperatura del texto -un crescendo constante que lleva hacia un concepto paradigmático: la lucidez del extravío- está cifrada en el enorme compromiso de la voz que enuncia con los acontecimientos que se cuentan. La novela gira en torno a tres temas: las implicaciones de una separación, la paternidad y la condición de escritor del protagonista. Desde lo estratégico, estos temas fluyen en la trama siguiendo la lógica del parpadeo; es decir, surgen y desaparecen de la superficie de la narración para complementarse, justificarse y enriquecerse. El ejercicio de este zigzag no solo agiliza el relato sino también -y sobre todo- funda un sistema argumental sólido, que desdibuja el artificio sobre el que se asienta y consigue autoabastecerse.

El personaje principal ha sufrido una pérdida, y las consecuencias son devastadoras: la carencia hace tambalear las dos o tres ideas sobre las cuales se asienta su interpretación del mundo. Sin embargo, el naufragio no es absoluto, y el mérito de esto no recae tanto en la pura inercia biológica sino en una figura que, en el texto, concentra todo el resplandor de la verdad: Ana, la hija del narrador.

La hija, como entidad luminosa que genera voluntad, establece una unidad de sentido sin fisuras que se explica a partir de su propia ajenidad; funciona, en el marco de la novela, como respuesta al verso de Ungaretti: "¿Cómo es que puedo soportar tanta noche?" No obstante, Ana como personaje, con el enigma de su hermosura, ofrece un espejo que devuelve al padre una imagen opaca que se encima con la culpa y con la nada.

Derrumbe está trabajada con una prosa abierta, ajustada a lo coloquial; una prosa que, sin variar el registro, resulta efectiva tanto para consignar las reflexiones del narrador -referidas a su situación o a su oficio- como para detallar con eficacia la voluptuosidad de los sentimientos. La escritura de Guebel, en este texto, está puesta al servicio de un verosímil testimonial que se edifica sobre la tensión constante entre realidad y ficción. En este sentido, es posible establecer un juego de opuestos entre Derrumbre y Carta al padre de Franz Kafka. Las coordenadas del contrapunto son, por una parte, los planteos contrarios entre los supuestos biográficos y los ficcionales y, por otro, la direccionalidad cruzada entre el mensaje paterno y el filial. Además, la presencia contundente de un narrador comprometido con la trama dirige la lectura hacia lo confesional y el texto funciona, entonces, en clave de crónica. Crónica del dolor o del duelo, si se tiene en cuenta lo que acontece en el relato. Pero el acento narrativo no se cierra en el lamento, sino que se complementa con los matices de una mordacidad crítica que tiene múltiples blancos hacia los que lanza sus saetas.

Otro recurso siempre presente es el humor, que, por una parte, hace posible la existencia de una subjetividad que se autoerosiona y, por otra, habilita el tránsito hacia el futuro. El protagonista afirma: "Si aún puedo reír no estoy perdido del todo". Y enseguida agrega: "Pero mi carcajada es espasmódica, se entrecorta, es el comienzo de un grito, un ladrido de angustia". El malestar sobrevive soterradamente, es el barniz que esmalta la risa.

El humor se presenta en el texto de dos formas: como versión y como materia de los hechos. La conjunción de ambas le permite a la voz que enuncia desprenderse del solaz que ofrecen las anécdotas que, cada tanto, quiebran el eje narrativo (como por ejemplo, la del saxofonista Paul Desmond y la decisión que toma frente al planteo de tocar a costa de su propia vida), y así avanzar hacia la sustancia incómoda, por verdadera, de lo políticamente incorrecto. Woody Allen afirma, en un reportaje, que ser gracioso es lo último que se elije; en Derrumbe es claro lo que implica el peso de esta alternativa, tal como lo declara el narrador: "Mi tragedia es ser un autor cómico por aberración de la forma".

Guebel compone un relato en el que cada término ampara, en su aparente deriva, una relación intrínseca con la sinceridad. Hay un aire temerario en su escritura, quizá porque solo con los gestos extremos, aquellos plateados por el énfasis o el frenesí, se pueda anotar algo válido sobre la desdicha. Derrumbe tiene una intriga cuya impronta no es la dilación ni el retraso; por el contrario, está regida por un principio de economía que la hace inmediata y se refleja en cada microhistoria, cada juicio, cada reflexión. La novela de Guebel, por último, es un testimonio sobre el sobrevivir, sobre el precio que hay que pagar para lograrlo y sobre lo indispensable que resulta contar con la pericia para ordenar las evidencias que el destino ofrece.

Medio: Página 12, 21 de diciembre de 2007
autor/a de la Critica: Silvina Friera
Libro: Derrumbe
Autor: Daniel Guebel
link: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/espectaculos/2-8710-2007-12-21.html

Medio: Revisita 23, Zona Roja, 31 de diciembre, 2007
autor/a de la nota: Claudio Díaz
Libro: Derrumbe
Autor: Daniel Guebel
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Medio: Revista 7 días,16 de noviembre de 2007.
autor/a de la nota: Juan Alonso
Libro: Derrumbe
Autor: Daniel Guebel
Autor: Daniel Guebel
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Medio: Perfil.com, 27 de enero de 2008
autor/a de la nota: Beatriz Sarlo
Libro: Derrumbe
Autor: Daniel Guebel
REF: http://www.diarioperfil.com.ar/edimp/0229/articulo.php?art=5405&ed=0229

Sobre “Derrumbe”, de Daniel Guebel


La identificación cómica
La ensayista continúa con su lectura crítica de la literatura argentina contemporánea. En este caso, se dedica a la última novela del escritor Daniel Guebel (1956), autor de libros como “El terrorista”, “La vida por Perón” y “Carrera y Fracassi”. Una historia donde lo central es el dolor de un padre que se ve impedido de ver a su hija. Una historia hiperbólica y cómica que gira en torno a la pasión, “aunque la pasión desnuda”, como dice Sarlo, “sea repetitiva y monotemática”. ¿Cómo construye Guebel, entonces, una novela que se lee perfectamente? En este texto está la respuesta.
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Quiebre. La historia de este escritor fracasado sería muy distinta si Guebel no hubiera operado “destruyendo tanto como construyendo” la identificación entre autor y narrador.

La mecánica del vasallaje amoroso exige una futilidad sin fondo. Para que la dependencia se manifieste en toda su pureza, necesita estallar en las circunstancias menos importantes y que se vuelva inconfesable por su carácter pusilánime”, escribe Roland Barthes en Fragmentos de un discurso amoroso. Esta novela de Daniel Guebel pone a prueba a sus lectores, como antes lo hizo en Nina: que lean esto, dice Guebel, a ver cuánto toleran de lo que Barthes llamó la tontería del enamorado que, prisionero de su pasión, ha perdido la realidad en todos los sentidos.

En Derrumbe, la pasión amorosa vive su duelo y la separación es de un padre y su hija. Lo que en la vida sucedería ineludiblemente con el paso de los años, ocurre de un golpe cuando el narrador es abandonado por su mujer y, en consecuencia, su hija ya no vivirá con él en la misma casa. Ese acontecimiento que otros, los demás, pueden soportar tiene para el narrador una dimensión gigantesca que no abre el resquicio de una compensación: ver a la hija de vez en cuando sólo incrementa la miseria de no verla todo el tiempo. El narrador ha salido de cauce.

A comienzos de los años 30, Francis Scott Fitzgerald escribió uno de sus mejores cuentos, Babilonia revisitada, con una historia de separación entre padre e hija. Pero lo que en Fitzgerald es consecuencia de episodios que pueden explicarse (la inseguridad de ese padre alcohólico que no sabe si querrán devolverle a su hija), en Guebel es pasional porque carece de explicaciones que vuelvan verosímiles los sufrimientos extremos del narrador. Se trata de una pasión, no de nostalgia, ni de cariño. La pasión es exagerada (por eso pertenece al mundo de la tragedia y del folletín). Guebel cita un verso de la primera Elegía del Duino de Rilke: “Quién me escucharía en las jerarquías de los ángeles si yo gritara”. Nadie escucha la voz de Rilke, nadie puede escuchar la voz de la pasión si se lanza como alarido.

La pasión desnuda es repetitiva y monotemática. Nunca se agota, pero puede agotar a quien contemple su espectáculo desaforado. Si esto es así, ¿cómo construye Guebel una novela que se lee perfectamente?

Primero, porque el autor se presenta adherido al narrador de la novela provocando la aparición de lo que el italiano Mario Lavagetto llama “el fantasma de una identidad”. Ese fantasma no exige que comprobemos si Guebel tiene 48 años, como el narrador, si vive separado de su hija, si conoció a su ex mujer en un taller literario que él coordinaba con Luis Chitarroni. Ni siquiera exige que el lector se convenza de que las dedicatorias a personas cuyos nombres coinciden con los de los personajes demuestran que todo es cierto (o al revés). El “fantasma de la identidad” entre Guebel y el narrador puede prescindir de todas esas “pruebas” que, por lo demás, abundan. La identificación de autor y narrador no es una operación realista, sino un efecto de la lectura.

Cito otro caso. En el aire, de Sergio Bizzio, cuenta una historia “parecida”, pero varios rasgos impiden que se produzca ese “fantasma de identidad”, porque la novela de Bizzio tiene una trama más complicada, escenarios y personajes secundarios en cantidad apreciable que no son estrictamente funcionales a la línea principal del relato, y no hay un sentimiento ni un objeto (el duelo, el hijo) que monopolice. Sin embargo, en la novela de Guebel, la historia de la novela de Bizzio aparece aludida, aunque algo cambiada, lo cual arroja sobre la de Bizzio una especie de “fantasma de identidad” producido por el texto de Guebel (¡ah! esto también le pasó a Bizzio, pobre…). Además las novelas fueron publicadas al mismo tiempo, Guebel y Bizzio son amigos, etc.

Nada parece hoy más interesante que aquello que se presenta como verdadero (lo sea o no). Sucede en relación con todos los públicos: el público de buena literatura que lee a Guebel, el del non fiction periodístico, el de los testimonios o el que mira reality shows. Guebel no es nuevo en esto, ni necesitó un clima de época que le diera ánimos para hacerlo. En la tapa de una nouvelle publicada el año pasado, se lee: Sergio Bizzio / Daniel Guebel El día feliz de Charlie Feiling, y se ven las pequeñas fotos de los tres amigos escritores. Es casi imposible no leer ese relato como algo sucedido.

Sin embargo, la historia de un escritor fracasado (así se presenta el narrador de Derrumbe) sería muy distinta si Guebel no hubiera operado destruyendo tanto como construyendo la identificación entre autor y narrador. La novela carecería de interés, como las confesiones desesperadas de alguien que se limita a lamentar una pérdida, si las escribiera tal como se la cuenta a los amigos. Guebel sabe esto.

Por eso escribe una novela hiperbólica y cómica. La comicidad y la exageración ponen distancia: “… a excepción del amor, la paternidad, el sexo, la inmortalidad y la literatura, nunca me interesó nada de nada, aunque haya coqueteado con las posibilidades que ofrecen la política, el periodismo, el cine, la filosofía, la mística, la música y el deporte…”. Sin frases como éstas, Derrumbe sería una especie de lamento repetido; con ellas saltando a cada rato, es una novela donde el autor no le permite al narrador dar una imagen inteligente de sí mismo, pero ofrece generosamente otras diversiones de mejor ley. Creo que es una de las bases morales de su literatura. Escribe sobre atolondrados, paranoicos, dubitativos extremos, fracasados seriales, torpes: “Es por eso que el registro de los hechos de mi dolor asume la apariencia de lo risible. Mi tragedia es ser un autor cómico por aberración de la forma”.

Están, además, las historias intercaladas. Derrumbe no fluye, pese a que la prosa de Guebel es más fluida que nunca antes. El narrador, que amenazaba ser monotemático, se distrae con las historias que le cuentan, con las que recuerda y con las interpolaciones dentro de las interpolaciones, tantas que esas historias intercaladas no son realmente interpolaciones sino la materia central de un relato donde lo que se dijo antes (la pasión del duelo) es el pre-texto de una pasión narrativa que busca interrumpirlo, sacarlo de su eje exclusivo, cortar el llanto para distraer, en primer lugar, al mismo melancólico.

Así se llega al capítulo final donde se abandona toda verosimilitud (la poca que quedaba). Guebel inventa un accidente de ascensor, su narrador queda desfigurado, de allí en más sólo mira de lejos a su ex mujer y a su hija, que va creciendo hasta convertirse en una bella y famosa cirujana; él vive en alcantarillas, come y fornica ratas, tira pétalos de flores al paso de su hija, le amputan las dos piernas, huye del hospital con muletas robadas; llega a un gran hotel de donde sale su hija pisando alfombras rojas, rodeada de celebridades médicas, finalmente ella lo reconoce… Se puede contar este desenlace sin traicionar ningún suspenso. Lo que no se puede contar, porque hay que leerla, es la proliferación disparatada de los episodios, su efecto fantástico, cómico y onírico. Como en un sueño, las peores fantasías del narrador en duelo se realizaron y la novela, en el mejor sentido, se consume.

Medio: Inrocks enero de 2008
autor/a de la nota: Oliverio Coelho
Libro: Derrumbe
Autor: Daniel Guebel

Barranca abajo

Una escritura urgente que oscila de lo conmovedor a lo absurdo –de la confesión a la parodia– y narra lamentos, tribulaciones y ocaso de un escritor imaginario, o no.
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En muchos escritores, la especulación con el fracaso suele desencadenar, o bien una serie de libertades paradójicamente estructuradas, o bien el fin de la escritura. A partir de un doble fracaso, o mejor dicho, gracias a la convergencia de la catástrofe amorosa y la conciencia de un destino literario que nunca será debidamente valorado, Daniel Guebel teje un monólogo que se presenta, en principio, casi como el diario de una separación, y que termina aniquilando lo que la literatura le restó a la vida. Hay pasajes conmovedores, otros grotescos y delirantes, todo en un tono estructurado, un registro que, por potente, sólo puede provenir de esa reserva que el escritor, como un fondista, se guarda para los últimos metros. Esos metros finales son, claro, siempre, un espejismo producido por la desesperación del sobreviviente.
En Derrumbe hay variantes de lo que Guebel, en su obra previa, había mostrado desmedidamente. Todas las novelas anteriores –genialidades transformadas en espejos convexos que devuelven la imagen del fracaso, según el narrador– retornan astilladas pero apuntalan, sin embargo, un discurso confesional: ese tono moribundo e impúdicamente lúcido que, desde las Memorias del subsuelo a Lolita, ha contenido la genealogía de ese elemento tan común aunque desprestigiado por tibio y conformista en algunos astros contemporáneos: la ironía y la parodia. Daniel Guebel, por el contrario, ha llevado estos elementos a límites extremos, intolerables para muchos, y de ahí, quizás, el malentendido –el prestigio nocivo– del que se queja el narrador. En definitiva, la escritura urgente de Derrumbe permite que la vida siga después de un final virtual y que, a fin de cuentas, se novele la fantasía de una resurrección. Una resurrección en la que lo que se recupera, a costa de un par de piernas, no es una mujer ni el prestigio literario, sino una hija. El narrador protagonista, en una aceleración que no empalidece el tono del libro, se transforma en un pordiosero, vive en las cañerías, envejece, devora ratas, termina tullido en un hospital y finalmente, iluminado, salta de la cama y monta, en un remedo vernáculo del “levántate y anda”, un par de beatíficas muletas que en el entorno le hacen un guiño expiatorio para que reencarne, ya no como hombre, sino como padre.

 

Medio: Revista ñ, 2 de febrero de 2008
autor/a de la nota: Gonzalo Garces
Libro: Derrumbe
Autor: Daniel Guebel
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Medio: adncultura*.com, La Nación, Domingo 06.04.2008
autor/a de la nota: Por Marcos Mayer
Libro: Derrumbe
Autor: Daniel Guebel
REF: http://adncultura.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=1000482&origen=acumulado&acumulado_id=6734

Literatura | Tendencias
Varios escritores argentinos publicaron recientemente novelas donde se mezclan la ficción en primera persona y la autobiografía. Algunos atribuyen esa corriente a la influencia de blogs y talk shows; otros, al triunfo del relato individual sobre las grandes historias
LANACION.com | ADN Cultura | Sábado 5 de abril de 2008

Medio: soloentrevistas.blogspot.com, Sábado 29.03.2008
autor/a de la nota: Por Agustin J. Valle
Libro: Derrumbe
Autor: Daniel Guebel
link:http://soloentrevistas.blogspot.com/2008/03/daniel-guebel.html

Medio: LA NACION, AdnCultura.com, 3 de diciembre, 2007
autor/a de la nota: Por Pablo Gianera
Libro: Derrumbe
Autor: Daniel Guebel
link: http://adncultura.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=966048
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